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lunes, 10 de diciembre de 2012

Sarmiento; el genio de Ingenieros

El famoso ensayo sociológico de José Ingenieros titulado "El Hombre Mediocre", el cual está dedicado a describir el fenómeno de la mediocridad, dedica unas palabras a la figura de Domingo Sarmiento, el cual es, según el pensador, prototipo del genio que se diferencia de las mayorías mediocres por su incansable voluntad de perseguir un ideal  y la capacidad de llevarlo a cabo contraponiéndose a las adversidades.

Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan alto estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar que alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado por el afán de educar.
Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para cohibir su inquietud de enseñar. 

Facundo es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo feudal. Un libro es más que una intención: es un gesto. Todo ideal puede servirse con el verbo profético. La palabra de Sarmiento parece bajar de un Sinaí. Proscrito en Chile, el hombre extraordinario encuadra, por entonces, su espíritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso.
Monumento a Sarmiento en la ciudad de Boston, E.E.U.U.
La pasión enciende las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse busca al más grande enemigo, Rosas, que era también genial en la barbarie de su medio y de su tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes de Facundo, asombroso enquiridión que parece un reto de águila, lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta.
Su verbo es anatema: tan fuerte es el grito que por momentos, la prosa se enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que, siendo castizo, no parece español. Sacude a todo un continente con la sola fuerza de su pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del destierro. Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas de tinta para fijarlo en páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea llevasen una chispa de incendio devastador, llegan al corazón de miles de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan su aptitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario vive: palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus frases diríase que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro, fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa de infinitos ejércitos.

Dijo primero. Hizo después....

La política puso a prueba su firmeza: gran hora fue aquella en que su Ideal se convirtió en acción.
Presidió la República contra la intención de todos: obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo, siempre agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso, como el héroe del romance, su trabajo fue la lucha, su descanso pelear.
Se mantuvo ajeno y superior a todos los partidos, incapaces de contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiaban alternativamente: ninguno, grande o pequeño, podía ser toda una generación, todo un pueblo, toda una raza, y Sarmiento sintetizaba una era en nuestra latinidad americana. Su acercamiento a las facciones, compuestas por amalgamas de subalternos, tenía reservas y reticencias, simples tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale pequeño para abarcarlo entre sus brazos; sólo pudo ser el suyo el lema inequívoco: "Las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas".

Sarmiento en la etapa de la Gobernación de San Juan cuando
combatió a las guerrillas de Ángel "Chacho" Peñaloza
     
Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas llevó como única antorcha su Ideal. Habría preferido morirse de sed antes de abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de una nueva civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones e ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades a puñados. Entusiasta por la patria, cuya grandeza supo mirar como la de una propia hija, fue también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con la benéfica crueldad de un cirujano.
La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las múltiples contradicciones nacidas por el contraste de su conducta con las oscilaciones circunstanciales de su medio. Entre alternativas extremas, Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte. Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó a los ochenta años perfeccionando las originalidades que había adquirido a los treinta. Se equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede concebirse en un hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces de opinión en los detalles, porque nunca dejó de vivir; pero jamás desvió la pupila de lo que era esencial en su función. Su espíritu salvaje y divino parpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. 

Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto a su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde van. Vivió inventando doctrinas o forjando instituciones, creando siempre, en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del que se acomoda a las circunstancias para vegetar tranquilamente. La adaptación es mediocrizadora; rebaja al individuo a los modos de pensar y sentir -que son comunes a la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen ceder cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la vejez. Sarmiento fue una excepción. 
A los setenta años tocóle ser abanderado en la última guerra civil movida por el espíritu colonial contra la afirmación de los ideales argentinos: en La escuela ultrapampeana, escrita a zarpazos, se cierra el ciclo del pensamiento civilizador iniciado con Facundo. En esas horas crueles, cuando los fanáticos y los mercaderes le agredían para desbaratar sus ideales de cultura laica y científica, en vano habría intentado Sarmiento rebelarse a su destino. Una fatalidad incontrastable le había elegido portavoz de su tiempo, hostigándole a perseverar sin tregua hasta el borde mismo de la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo, siempre alerta para abalanzarse contra los que desplumaban el ala de sus grandes ensueños: habría osado desmantelar la tumba más gloriosa si hubiera entrevisto la esperanza de que algo resucitaría de entre las cenizas.

Personificó la más grande lucha entre el pasado y el porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de su destino. Nada le perdonaron los enemigos del Ideal que él representaba; todo le exigieron los partidarios. El mayor equilibrio posible en el hombre común es exiguo comparado con el que necesita tener el genio: aquél soporta un trabajo igual a uno y éste lo emprende equivalente a mil. Para ello necesita una rara firmeza y una absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, los genios trepan; cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas; parecen águilas planeantes en su atmósfera natural.
La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se atribuyera a insania la genialidad de tales hombres, concretándose al fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, cómoda de aplicar a cuantos se elevan sobre los comunes procesos del raciocinio rutinario y la actividad doméstica. Pero se olvida que inadaptado no quiere decir alienado; el genio no podría consistir en adaptarse a la mediocridad.
El culto de lo acomodaticio y lo convencional, halagador para los sujetos insignificantes, implica presentar a los grandes creadores como predestinados a la generación o al manicomio. Es falso que el talento y el genio pueblen los asilos; si enloquecen, por acaso, diez hombres excelentes, encuéntrase a su lado un millón de espíritus vulgares.
Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos culminan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de la civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha de los originales. El desenvolvimiento de una personalidad genial importa una variación sobre los caracteres adquiridos por el grupo; ella incuba nuevas y distintas energías, que son el comienzo de líneas de divergencia, fuerzas de selección natural. La desarmonía de un Sarmiento es un progreso, sus discordancias son rebeliones a las rutinas, a los prejuicios, a las domesticidades.
Locura implica siempre disgregación, desequilibrio, solución de continuidad; con breve razonamiento, refutó Bovio el celebrado sofisma. El genio se abstrae; el alienado se distrae."La sublime locura del genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo ni loco: es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica, la media alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la nulidad de estilo".
La ingenuidad de los ignorantes tiene parte decisiva en la confusión. Ellos acogen con facilidad la insidia de los envidiosos y proclaman locos a los hombres mejores de su tiempo. Algunos se libran de este marbete: son aquellos cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas algún talento especial en grado excelso. No así los indiscutidos, que viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó a envejecer, sus propios adversarios aprendieron a tolerarlo, aunque sin el gesto magnánimo de una admiración agradecida. Le siguieron llamando "el loco Sarmiento".

El Loco Sarmiento. Caricatura 1875
¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre la fragilidad del juicio social. Ningún americano ilustre sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay vocablo injurioso que no haya sido empleado contra él; era tan grande que no bastó el diccionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias; conoció todas las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes. La caricatura le mordió hasta sangrar, como a ningún otro: el lápiz tuvo, vuelta a vuelta, firmeza de estilete y matices de ponzoña. 
Los espíritus vulgares ceñían a Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número, irresponsables ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos, desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de tempestades, sembrando a todos los vientos, en todas las horas, en todos los surcos. Despreciaba el motejo de los que no le comprendían; la videncia del juicio póstumo era el único lenitivo a las heridas que sus contemporáneos le prodigaban. 
Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores tórnanse solitarios; aparecen proscritos en su propio medio. Se mezclan a él para combatir o predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles, sin entregarse nunca totalmente a gobernantes ni a multitudes. Muchos ingenios eminentes arrollados por la marea colectiva, pierden o atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio; los prejuicios, más arraigados en el individuo, subsisten y prosperan; las ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de reciente formación, se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas el genio busca aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si no quiere nivelarse demasiado necesita, de tiempo en tiempo, mirarse por dentro, sin que esta defensa de su originalidad equivalga a una misantropía. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento, doctrina o esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la inconsciencia de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio de la historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización de su raza, en la hora que preludiaba el surgir de nacionalidades nuevas entre el caos de la barbarie. Para pensar mejor, Sarmiento vivió solo entre muchos, ora expatriado, ora proscrito dentro de su país, europeo entre argentinos y argentino en el extranjero, provinciano entre porteños y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que es destino de los hombres de genio estar ausentes en todas partes.

Sarmiento y el evolucionismo. Caricatura de El Mosquito (1882)

Viven más alto y fuera del torbellino común, desconcertando a sus contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen tras su Ideal, afligiendo a unos, compadeciendo a otros, adelantándose a todos, sin rendirse, tenaces como si fuera lema suyo el viejo adagio: sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad. Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y que la mediocridad enrostró al gran varón que honra a todo un continente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo de las hachas.

Fuente: José Ingenieros, El Hombre Mediocre (1913)

martes, 6 de noviembre de 2012

La Supervivencia del Más Apto

"Las sociedades humanas pueden estudiarse con el mismo criterio que los naturalistas aplican al estudio de otras sociedades animales. La sociología es una ciencia natural que estudia la evolución general de la humanidad y la evolución particular de los grupos que la componen".
Con estas oraciones el pensador argentino de origen italiano, José Ingenieros, comienza a esbozar su obra titulada "La Sociología Argentina", dentro de la cual se pretende desarrollar un sistema de pensamiento tendiente a explicar la vida del hombre a modo de como los naturalistas lo hacen con las comunidades animales.
"Las razas, naciones, tribus y todos los agregados humanos, son colonias animales organizadas de acuerdo con las condiciones de subsistencia propias de la especie; su evolución en la superficie de la tierra es un hecho tan natural como la evolución de una colonia microbiana". 
La idea no era nueva, ni circunscripta a los límites de la Argentina. En la principal obra del naturalista inglés Charles Darwin "El origen de las especies por selección natural" se enunciaba a modo general: 
"Como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, y como, en consecuencia, hay una lucha por la vida, que se repite frecuentemente, se sigue que todo ser, si varía, por débilmente que sea, de algún modo provechoso para él bajo las complejas y a veces variables condiciones de la vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir y, de ser así, será naturalmente seleccionado".
José Ingenieros
Por otra parte, el sociologo Herbert Spencer, influído por este y por las teorías sobre la evolución de otro naturalista Jean-Baptiste Lamarck llegó a utilizar por vez primera en el estudio de las sociedades humanas, los conceptos de estructura y función. Elaboró un sistema de filosofía llamada evolucionista, en la que considera la evolución natural como clave de toda la realidad, a partir de cuya ley mecánico-materialista cabe explicar cualquier nivel progresivo: la materia, lo biológico, lo psíquico, lo social, etc.
Más fuerte aún es la influencia ejercida a partir del positivismo de Comte y Saint-Simon; corriente filosófica que afirma que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico, y que tal conocimiento solamente puede surgir de la afirmación de las teorías a través del método científico.
A partir de aquí la aplicación del método científico que el hombre había utilizado para el estudio del mundo orgánico material, se vuelve hacia sí mismo con la tendencia sociológica de aplicar el método de las ciencias exactas al estudio de lo puramente humano, entendido esto último como el aspecto espiritual. Pasa así, el hombre a formar una más de las especies en observación, careciéndose según este método de muchos de los aspectos que diferencian al hombre de las restantes especies que habitan la faz de la tierra. El hombre se deshumaniza y se encierra en el laboratorio con el doble objeto de ser sujeto observador y observado, aplicando a su estudio la misma rigurosidad que se aplicara al estudio de las restantes ciencias exactas.
El ansia de aplicar el conocimiento científico para el mejoramiento de la raza humana y llevarlo por la senda del progreso material fueron las motivaciones de quienes propagaron estas ideas. La idea del progreso fue una de las principales nociones regidoras de la vida de los estados occidentales a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En la Argentina la noción fue recogida de manera fragmentaria por Sarmiento el cual con su slogan de "civilización y barbarie" dejaba entrever que existían pueblos cuya naturaleza era propicia para el progreso y otros pueblos que por su naturaleza no eran aptos para la civilización. En todos los casos las características se encontraban en los genes y nada podía hacerse para modificar la situación.

Ya en el año 1908 José Ingenieros nos dice:
"La humanidad nos ofrece el caso de una especie animal luchando por la vida con otras y procurando adaptarse, en grupos, a un medio físico limitado: la corteza de la tierra. Como este medio físico no es homogéneo  los grupos de la especie presentan variedades resultantes de sus heterogéneas condiciones de adaptación".
Así el multifácetico Giuseppe Ingegnieri intenta dar una explicación a las desigualdades físicas entre los hombres. En la teoría darwiniana, la interacción con el medio es lo que explica las diferencias físicas, el cual uno de sus efectos será la diferente capacidad de adaptación al ambiente en el que se vive, determinando en última instancia que, en un determinado lapso temporal, algunos grupos de hombres con características diferenciables (razas) subsistan y otros perezcan. De esta forma:
"(las) causas naturales determinan la desigualdad de las razas; por la interferencia de otros factores, esos grupos evolucionan y constituyen las nacionalidades, que son agregados sociales transitorios en el tiempo infinito".
Charles Darwin, padre del evolucionismo
El médico siciliano define a la evolución humana como una "continua variación de la especie bajo la influencia del medio en que vive. Por ser una especie viviente está sometida a leyes biológicas y por ser capaz de vivir en agregados sociales, se subordina a leyes sociológicas, que dependen de aquellas". Queda claro de esta manera que el hecho de ser el hombre un ser viviente, está sometido indefectiblemente a las leyes biológicas que rigen para toda especie. Inmediatamente Ingenieros agrega, que por vivir en agregados sociales, se subordina a leyes sociológicas. Y aquí es dónde parece residir su error. El hombre es ser viviente que además vive en sociedad pero no necesariamente por ello debe someterse a leyes sociológicas de la rigurosidad de las ciencias exactas por el hecho de vivir en sociedad. Vivir en sociedad no es causa de que el hombre se someta a leyes invariables al estilo de las leyes naturales. En todo caso adherir a esta clase de ideas sería tratar de normalizar desde el mundo natural, un aspecto que el hombre mismo puede reglar dada su conciencia y su libertad esencial que posee por el hecho de ser hombre. Pero sigamos con Ingegnieri: 
"Los diversos grupos sociales necesitan adaptarse a su medio y están sometidos al principio biológico de la lucha por la vida, lo mismo que las especies gregarias. Esa condición de vivir en grupos determina modificaciones colectivas, subordinadas al cambio incesante de sus condiciones de adaptación y selección natural".
Más adelante el intelectual ítalo-argentino observa que la asociación para la lucha por la vida "no es un fenómeno exclusivo de las sociedades humanas"; 
"Un carácter importante para ciertas especies es la posibilidad de vivir en colonias organizadas, es decir, en agregados cuyos individuos sean capaces de división del trabajo, especializándose en el desempeño de funciones útiles a todo el grupo". 
La visión de un mundo caótico en el que la especie humana lucha por la supervivencia, nuevamente es inferido a partir de la observación de otras especies. En una primera instancia, se lo ve al hombre como una especie más, disputándose su lugar en el mundo junto con otras especies del mundo animal y vegetal;
"Ella (la especie humana) evoluciona en un medio del cual toma sus alimentos, disputándolos a las demás especies vivas que con ella coexisten en el tiempo y en el espacio. Teniendo que satisfacer necesidades materiales para conservar y reproducir su vida, la existencia de la humanidad está subordinada a contingencias semejantes a las que influyen sobre las demás especies gregarias".
Según esta visión, entonces tenemos que todas las sociedades humanas, evolucionan principalmente según leyes biológicas a las cuales están subordinadas los hábitos y costumbres colectivas. Estos hábitos y costumbres no son más que las funciones de adaptación de un determinado agregado social al medio natural. Consecuentemente el hombre tenderá a organizar o normalizar sus hábitos colectivos a partir del derecho y las instituciones. De esta manera toda acción de la especie humana queda subordinada a que éste es el representante de una especie la cual, en el seno de su lucha con el reino animal y vegetal, crea sus propias instituciones y normaliza su vida colectiva.


LUCHA DEL HOMBRE CON EL HOMBRE

Según Ingenieros, el hombre como animal susceptible de asociarse en agregados o colonias, está sujeto a nuevas formas de lucha que se dan en el seno de su misma especie, sea como miembro de un agregado social o como individuo. Las mismas se producen entre; 
  1. agregados sociales;
  2. agregados e individuos;
  3. individuos aislados;
De esta forma nos dice Ingenieros que; "dos naciones que se arruinan recíprocamente en una guerra de supremacía económica se encuentran en el primer caso. Un delincuente que comete acciones antisociales, representa el segundo. Dos salvajes que se disputan una raíz alimenticia, se encuentran en el tercero".





Habiendo llegado hacia dónde queríamos llegar, nos detendremos en el primer caso enunciado por el gran pensador, quien interpreta como un hecho natural, el hecho de que dos agregados humanos (tribus, razas, naciones) cualquiera sea el desarrollo cultural de los mismos tienden a confrontar y disputarse los medios de subsistencia existentes en un mundo material que siendo finito como es, resulta escaso comparado con las aspiraciones de las facciones en pugna.

Lejos de ser la intención de los científicos (que tan solo pretenden conocer el mundo en que viven sin incidir en él, tal es la objetividad e impersonalidad del método científico) justificar las guerras y su consecuencia que es el exterminio, precisamente por el mismo hecho de tratarse de ciencia, estaríamos según esta doctrina ante un hecho natural, y como hecho, nos encontramos ante algo que el hombre no puede modificar. En otras palabras, la idea de que el hombre como toda raza lucha por la supervivencia y permanencia en la tierra, tiende a mostrar a toda clase de lucha como un hecho dado, y en consecuencia aceptado.
Pero el hecho de hallar una nueva verdad científica, crea en este caso, una doctrina y una nueva corriente de pensamiento en lo social. La nueva verdad que nos dice que el exterminio entre las tribus, razas o naciones, se trata de algo natural y consecuentemente fuera del alcance del hombre se encuentra el hecho de poder evitarlo.

Augusto Comte, teórico positivista
En este caso el hombre es el sujeto observador y observado al mismo tiempo, y esta nueva verdad científica conlleva  implicancias prácticas, creando una nueva moral o principio de acción. Ahora bien, dijimos que el hombre no puede evitar el hecho del exterminio entre los agregados humanos, por tratarse de un hecho natural, el hombre tampoco puede contradecir la verdad que la ciencia le devela. Pero ¿que es lo que la ciencia dice?, pues que en la lucha por la supervivencia, solo sobreviven los más aptos. De esta forma el individuo o especie que en cuestión, se halla ante el dilema de sobrevivir o perecer en la lucha, o lo que es lo mismo, se ve forzado a pelear por la supervivencia.

La ciencia como generadora de principios morales, por lo tanto prácticos, y regidores de la conducta humana, implican que el hombre no puede contradecir estas leyes naturales que el método científico le ha develado. Por lo tanto la humanidad se dispone a pelear por su supervivencia aceptando como consecuencia que quien logra prevalecer en el marco de una determinada disputa, se trata de esta manera de la raza, nación o tribu, etc. más apta.

Como vemos la nueva verdad revelada por el positivismo, se impone como principio moral a manera de una ley mosaica. La actitud del hombre respecto a este nuevo principio, de ninguna manera ha de ser pasiva. Se ha de luchar por la supervivencia siendo que contribuyendo al sentido que la naturaleza indica, al hacerlo simplemente se está cumpliendo con el destino que las fuerzas cósmicas han impuesto a la humanidad. 

El error de aplicar la metodología de una ciencia exacta a las ciencias del espíritu humano, consiste precisamente, que el hombre el cual es racional y por lo tanto capaz de tomar decisiones de manera consciente  va a dirigir su acción de manera que esta coincida con el nuevo principio. Se dispondrá para la guerra y la confrontación, dado que su supervivencia le indica su aptitud y por lo tanto la superioridad de su raza. De esta manera, lo que el proceso de selección natural darwiniano, el cual opera con modificaciones sucesivas en la especie (y no en el individuo) que le permiten a la misma adaptarse al medio, hace en millones de años y con cambios imperceptibles de generación en generación, el hombre lo realizará  a conciencia y de manera instantánea, ya que el nuevo principio de la naturaleza de supervivencia del más apto así se lo ordena. 

De allí que la moral de la fuerza lleva al exterminio del débil, pues, simplemente se está cumpliendo con una ley de la naturaleza. Se pasa así a legitimar la guerra de exterminio.

Podemos de esta manera llegar a entender el accionar de la generación del '80 al emprender la guerra de fronteras contra el salvaje. El accionar del roquismo se circunscribe, entonces, a esta ideología, como el propio Roca expresa;
"Es por efecto de una ley de la naturaleza que el indio sucumbe ante la invasión del hombre civilizado. En la lucha por la existencia en el mismo medio, la raza más débil tiene que sucumbir ante la mejor dotada."
Los escritos del Ministro de Justicia e Instrucción pública del segundo gobierno de Julio A. Roca, Joaquín V. González al referirse a la constitución de una raza superior, también se corresponden con :
"Eliminados por diversas causas del tipo común nacional, los componentes degenerativos o inadaptables, como el indio y el negro, quedaban sólo los que llamamos mestizos por la mezcla del indio y el blanco. Pero a su vez la evolución de un siglo, obrando sobre una proporción mínima de estos elementos, los elimina sin dificultad, y deja como ley de composición del tipo étnico nacional la de la raza europea, pura por su origen y pura por la selección operada en nuestro suelo sobre la sangre criolla, que es también sangre europea".
Julio A. Roca, figura principal de la conquista del desierto
   
De esta manera la supervivencia da como resultado que la fuerza sea un ideal buscado por la humanidad. 
Ya que son fuertes quienes han demostrado su superioridad al sobrevivir. Consecuentemente los ideales estéticos también están relacionados con este aspecto, belleza es potencia, fuerza, virilidad...
"La fuerza y la belleza son dos ideas y hechos que se completan e integran esencialmente en todo organismo normalmente educado; y así, en nuestro medio, ya es proverbial la mejora estética del tipo criollo primitivo".
También es posible advertir que las políticas de Estado iban encaminadas en este sentido. El mismo Joaquín V. González, nos dice en "El Juicio del Siglo";
"Es justo esperar para el porvenir, cuando el tiempo de la selección transcurra en mayor espacio (si una política contradictoria no desvía la evolución de sus cauces normales o los sistemas de educación no desgastan las energías iniciales o no las cultivan científicamente), la elaboración de un tipo nuevo y definitivo que acumule sobre las cualidades originales de la raza, en sus fuentes ancestrales más puras, las mejores de otras que han conservado incontaminadas y en constante cultivo sus más selectos caracteres".
Cacique Pucurú - Chaco, hacia 1900
Volviendo a José Ingenieros, él mismo reconoce que junto con la evolución histórica se atenúan los conflictos, y las naciones tienden a unificarse bajo la hegemonía de las mejor adaptadas. Dentro de una misma raza, dice Ingenieros;
"la diversidad de condiciones económicas genera antagonismos de intereses que son causa de luchas entre las naciones". 
De esta forma el sistema que el eminente médico y criminólogo esboza en su estudio sociológico, le permite agrupar cada accionar de un estado o nación como manifestación de la necesidad de supervivencia, esto es, la política entendida en términos de lucha. Así;
  1. La Política nacional es la expresión de la lucha por la vida entre diversos grupos que tienen necesidades y aspiraciones heterogéneas dentro de las que son comunes a toda la nacionalidad.
  2. La Política internacional es la expresión de la lucha por la vida entre diversas sociedades que constituyen nacionalidades diferentes, por la heterogeneidad del medio físico, la raza, etc.
A modo de conclusión, dejaremos un par de párrafos los cuales se encuentran incluidos en la obra del pensador italo-argentino, que dan cuenta de la fe y el convencimiento que José Ingenieros depositaba en el estudio de las sociedades a la manera científica-positivista:
"La selección natural favorece a las sociedades mejor adaptadas; ellas sobreviven en la lucha. Las que se organizan en mayor consonancia con las condiciones del medio, prosperan, se acrecientan y duran hasta que son absorbidas o destruidas por otras mejor adaptadas.
El resultado de esa selección natural es el progreso, que podemos definir como el perfeccionamiento adaptativo de la estructura y las funciones de las sociedades a las condiciones de lucha por la vida propias del medio en que viven".

Fuentes: 

  • José Ingenieros, La Sociología Argentina (1908), Cap. I. Centro Editor de América Latina (1979).
  • David Viñas, Literatura Argentina y realidad política (1970). Centro Editor de América Latina (1980)

viernes, 19 de octubre de 2012

Federalismo, Feudalismo, Caudillismo Organizado

Al emanciparse de la dominación española el Virreinato del Río de la Plata, de que formaba parte el actual estado argentino, vivía en él una población pastora, sin más vida industrial que los trabajos caseros de las campañas y las artes manuales en los núcleos urbanos. El comercio era mezquino, carcomido por el contrabando.
Durante los primeros veinte años de vida política argentina (1810-1830), la ausencia de intereses económicos homogéneos engendró la más completa desorganización política; base de una política personalista y caótica que suele llamarse "la anarquía argentina". Ese régimen fue un feudalismo bárbaro. Los propietarios de la tierra eran señores en sus dominios: resumían en su propia persona la autoridad política y el privilegio económico.
Los señores feudales tenían el nombre de caudillos, se agrupaban así los más débiles en torno a los más poderosos para construir facciones políticas, no movidas por intereses e ideales comunes, sino por pasiones personales y necesidades de terruño. Este régimen político llamado caudillismo, fue la natural superestructura política de un régimen económico feudal, que se caracteriza por la no existencia de partidos políticos y en dónde las influencias personales fundadas en la riqueza o la audacia de los caudillos generan el vínculo político.

Rosas y Quiroga. Caudillos y terratenientes. El porteño logró organizar un régimen con el cual ahogaba financieramente a las provincias mediante el manejo de los ingresos de la Aduana y el reparto discrecional de sus rentas


        
A la "anarquía de los caudillos" se sobrepone el "régimen caudillista organizado" que refleja la parte más importante de los intereses económicos que se iban formando cuando la agricultura y la ganadería iban reemplazando el primitivo pastoreo por la estancia. El exponente más significativo de estas nuevas actividades fue Juan Manuel de Rosas, propietario, socio y administrador de las más grandes estancias. Esa fue la causa esencial de su prestigio entre las clases conservadoras, enemigas militantes de los principios teóricos en cuyo nombre se había desenvuelto la revolución argentina, con Moreno (ver representación de los Hacendados), con la Asamblea del año Trece, con Rivadavia.
La actividad económica se realizaba con mayor intensidad en las regiones cuya situación geográfica facilitaba la circulación de productos. Así, los afluentes del Plata se encontraban más civilizados que las provincias mediterráneas, el Oeste y Norte del país, que permanecían en régimen feudal.
Se produce finalmente el engranamiento y la subordinación gradual de los pequeños señores feudales, fue una verdadera restauración colonial y tuvo su personaje representativo en el estanciero Juan Manuel de Rosas. El agrupó, sin constituírlos en nacionalidad, a los señores feudales de las provincias. Su gobierno fue la vuelta al orden de cosas vigentes de la sociedad colonial y la derrota de los principios e ideales que habían inspirado la Revolución. El partido conservador y el partido católico fueron sus verdaderos puntales, mientras se encubría en la bandera federal de Dorrego. Rosas fue, ante todo, un restaurador del antiguo régimen contra el propiciado por la Revolución de Mayo.
El historiador Ernesto Quesada (1858-1934) pintó con rasgos firmes el carácter netamente feudal de la época a la que llama "la edad media argentina", estableciendo entre ella y el feudalismo europeo un paralelo esbozado ya por Alberdi. El último período de unificación de los señores feudales en grandes estados, lo compara a la acción de Rosas sobre el caudillismo anárquico. Esa lucha entre los caudillos de provincia y el poder central, centro propulsor y puerto de importación, se complicó aquí con los celos del terruño, representados por localismos estrechos. La anarquía del año 20 representó el triunfo del feudalismo en su primer período. Posteriormente el Tratado del Cuadrilátero (1822) y el Pacto Federal (1831), al reconstruir nominalmente la confederación, dieron vida a la cohesión nacional. Pero todo ello habría sido en vano si no aparece Rosas, el cual con perfecto tino, apaciguó primero, dominó después y disminuyó, por último, los caudillajes localistas (los "señoríos feudales"), acostumbrándolos primero al acatamiento de la entidad moral que llamó Confederación Argentina, e imponiéndoles al fin la preeminencia del gobierno.

La Confederación Argentina fue la entidad que permitió controlar el interior del país por parte de Buenos Aires


               
Las leyes agrarias de Rivadavia (Enfiteusis) representan un esfuerzo por contrarrestar la apropiación feudal de la tierra; problema cardinal en la formación sociológica argentina desde la época del coloniaje. Para aquellas épocas, las campañas, en su casi totalidad, vivían del pastoreo primitivo, sin que se observara ninguna tendencia a industrializar la ganadería, lo que sólo se intentaba en la provincia de Buenos Aires. En cambio, en la zona del país favorecida geográficamente, la minoría ilustrada que conformaba el partido unitario, anhelaba desenvolver otras actividades económicas y financieras, en el orden industrial y comercial.
Las dos partes del conflicto podrían simbolizarse en estos términos: la ciudad, con su aduana, y las provincias con sus feudos. Ambas representaban tendencias de intereses heterogéneos, base de la lucha civil disfrazada con los nombres de Unitarismo y Federalismo.

Los intereses de las oligarquías coloniales eran los más importantes en la vida argentina; por eso le correspondió el predominio político sobre la minoría metropolitana que había concebido la Revolución de Mayo. Por su parte, el proletariado rural, ignorante y mestizo, sirvió en esta lucha a sus patrones y decidió el triunfo de la clase feudal.

En suma, el período de transición estuvo marcado por las luchas entre dos facciones que se disputaron el poder: la una tendía a restaurar el régimen colonial, sistema conveniente para la clase feudal, y la otra representaba la tendencia económica propia de una minoría radicada en la única aduana natural del país. La primera contó con el apoyo del  proletariado rural, siervo obligado de sus caudillos; los ejércitos de Rosas fueron en un primer momento las "peonadas" de sus estancias, los famosos Colorados del Monte.

Constituye un equívoca la célebre tesis de Sarmiento señalada en su Facundo, que da cuenta del federalismo bárbaro y el unitarismo civilizador, cuando sólo cabe ver en el primero una sistematización de las oligarquías coloniales que representaban los más grandes intereses del país, contra una minoría de intelectualidades. En la antítesis paradójica de civilización y barbarie que Sarmiento ha hecho popular, se asigna a Rosas y a los federales el último papel, y se deja el primero a los unitarios, eminentemente urbanos; estos simbolizan las ciudades, aquéllos las campañas. Esta antinomia se ha convertido en una muletilla tan infundada que el mismo Alberdi mismo ha observado que;
"...lo curioso es que representa la barbarie el que cabalmente representa la civilización, que es la riqueza producida por las campañas, mientras que en las ciudades, por siglos estuvieron excluidas las artes, la industria, las ciencias y las luces: las campañas rurales representan lo que Sud América tiene más serio para Europa".
La Revolución Argentina había sido sustentada y manejada en su provecho, por facciones metropolitanas que descuidaban en absoluto los intereses de las campañas: estas reaccionaron y fue Rosas quien se puso a la cabeza. Para triunfar necesitaban dominar en las ciudades y cambiar la orientación del gobierno, porque sólo en la metrópoli se encontraba la llave del tesoro público que era la aduana. La "suma del poder", el terror y demás accidentes, no fueron sino la forma de consolidación del poder real.

Mediante sustituciones de palabras (no siempre inocentes) muchos historiadores pretendieron hacer confundir ese feudalismo con el federalismo, sin advertir que el primero es un obstáculo a todo propósito de unidad nacional, mientras que el segundo suele ser su base más segura cuando cada estado federal tiene vida autónoma y se basta a sí mismo. En aquel momento, los señores feudales de los pueblos, que hoy son provincias, ponían precio a su adhesión a Buenos Aires, y ese precio era una participación en las rentas de la Aduana. Sabido es que en el Congreso de 1826 hubo quienes defendieron el proyecto de capitalización de Buenos Aires porque como observa Vicente Fidel López;
"venía a dar satisfacción a las provincias haciendo generales las rentas de Buenos Aires."
Hay más, cuando Buenos Aires, en 1832, se resistía a incorporarse al Congreso que la "Comisión Representativa" deseaba reunir en Santa Fe, los "señores feudales" de algunas provincias procuraron entenderse para establecer un régimen aduanero proteccionista, cuyo objeto era, según palabras del precursor del revisionismo, Adolfo Saldías;
"alejar cuanto pueda estorbar o dañar el desarrollo de la industria territorial, prohibiendo absolutamente la importación de los artículos que el país produce; porque de no hacerlo así, solo puede producir ventajas a la provincia que en cierto modo se ha hecho árbitro del tesoro nacional contra el voto de los pueblos".
Rosas se impuso al resto de los "señores feudales" porque disponía de las rentas de la Aduana, que se resistió a nacionalizar, haciendo una política esencialmente porteña y antiprovinciana. Como contrapartida se limitó a asignar subvenciones a los caudillos más levantiscos, sin que esta dádiva generosa tuviera los caracteres de una participación constitucional.

Finalmente Urquiza, quien no era ni más ni menos que el "señor feudal" de la provincia de Entre Ríos, comprendió que el régimen económico de Rosas era contrario a sus intereses. Conveníale en cambio, la libre navegación de los ríos, razón que le inclinó a aliarse con sus naturales enemigos del partido unitario, contribuyendo a que el gobierno del país pasara a manos de este partido emigrado. Luego de Caseros, el porteñismo anuló a Urquiza y la disputa sobre el reparto de las rentas de la aduana de Buenos Aires se prolongó hasta 1880.

En definitiva ¿Que anhelaban las provincias? Nacionalizar a Buenos Aires, es decir, las rentas de su aduana. Alberdi había expresado claramente esta necesidad en las Bases;
"La aduana exterior, aunque no está nacionalizada, es un objeto nacional, desde que toda la república paga los derechos de aduana, que sólo percibe Buenos Aires, exclusivo puerto del país que puede y debe tener muchos otros, aunque la aduana deba ser una y nacional en cuanto al sistema de percepción y aplicación del producto de sus rentas".
¿Que deseaban los porteños? Evitar esa nacionalización, pues en las rentas de la aduana se fundaba su prosperidad provincial y su hegemonía sobre la república entera. Esa fue la causa de la secesión de Buenos Aires, aunque se acostumbra a enunciar otras más desinteresadas y de importancia muy secundaria. No se equivocó Alberdi al comentar el hecho en sus Estudios Económicos;
"Lo curioso es que muchos de los que concurrieron a derrocar a Rosas como enemigos de Buenos Aires, porque practicaba la política económica denunciada por Florencio Varela, hoy sostienen y defienden esa misma política como amigos de Buenos Aires y tratan como Rosas trataba a los que tienen las ideas económicas del fundador ilustre del Comercio del Plata.
Uno solo de los fundamentos del edificio económico de Rosas y base de su poder dictatorial (la Aduana), conservado hasta hoy por sus adversarios personales, ha bastado para operar la restauración entera del sistema derrocado en 1852".
Alberdi exageraba, evidentemente en este segundo párrafo al defender a la Confederación. Se inclinaba también él a confundir el feudalismo de hecho con el federalismo de derecho que lo disfrazaba. Andando el tiempo, la realidad pudo más que las nomenclaturas del derecho político.

Florencio Varela combatió la política económica de la
Confederación desde su periódico el Comercio del Plata.
J.M.Blanes - El Asesinato de Florencio Varela

Los intereses económicos predominantes en el país eran los feudales, los mismos que habían servido de base al partido llamado federal; después de la caída de Rosas, el país adoptó una Constitución federal, y siguió siendo, de hecho un sistema caudillista organizado, aunque atenuadas ya ciertas violencias anteriores. En contraposición, estaban los hombres representativos de la organización liberal: Mitre y Sarmiento, que se sucedieron en la presidencia de la República. Durante ese período las oligarquías mediterraneas que antes convergieron a apuntalar el partido federal, se reorganizaron en el Partido Autonomista Nacional (PAN), frente a la minoría metropolitana que continuaba la política liberal de la inmigración, conservando el poder con el apoyo de la provincia de Buenos Aires.

Con la presidencia de Nicolás Avellaneda se inició el auge del PAN y se sentaron las bases para la futura organización del país, federalizando la ciudad de Buenos Aires (1880) y consolidando más adelante el modelo agroexportador.


Fuente: José Ingenieros, La Sociología Argentina (1908), Cap. III: La Formación Feudal (Caudillismo organizado),  Cap. IV: La Formación Agropecuaria. Centro Editor de América Latina 1979).

miércoles, 10 de octubre de 2012

La Revolución, Una cuestión Económica

Esteban Echeverría expresó, entre otras intuiciones que merecen desglosarse de su obra, que para el conocimiento de la formación de la nacionalidad argentina es indispensable estudiar las etapas iniciales de su vida económica, clave fundamental para comprender el mecanismo de su régimen político y de sus instituciones. Juan Bautista Alberdi tuvo también claras visiones al respecto. Ambos son los precursores de esta manera de tratar los orígenes económicos de la nacionalidad argentina.

La independencia fue el resultado de la decadencia económica y política de España, y el deseo de sacudir los odiosos monopolios de la metrópoli que acogotaban el comercio de estos pueblos en beneficio exclusivo de sus clases privilegiadas.

El sistema económico con que España gobernaba a América había ya despertado reacción de los criollos y de los peninsulares residentes; se había traducido en agitaciones económicas que precedieron en toda América al movimiento de la Independencia. En Buenos Aires tuvo expresión clara en Moreno, Belgrano, Vieytes y otros, en la prensa y en algunas instituciones de carácter económico que con ese objeto se formaron, no dejando inquietar a los monopolistas.

Cuando Liniers intentó hacer un tratado que implicaba "dar libre expendio en estos dominios a las manufacturas inglesas", los "gallegos" de Buenos Aires se indignaron. Esa fue según Paul Groussac, una de las causas profundas del divorcio entre Liniers y el Cabildo:
"Había bastado que asomara en el estrecho horizonte de la Colonia el espectro del librecambio, para que los Alzaga, Santa Coloma, Agüero y demás fuertes monopolistas que dominaban el Cabildo, se alarmasen y declarasen guerra abierta al promotor de la idea". 

Martín de Alzaga. Como miembro del Cabildo de Buenos Aires defendió
sus intereses destacándose en la lucha contra la Invasiónes Inglesas.
Más adelante se opuso a la Revolución. Fue ejecutado en 1812.

La sociedad americana estaba dividida en tres clases. La primera estaba formada por el clero y la aristocracia, que gozaba de los fueros del hidalgo. La segunda se componía de comerciantes enriquecidos con el monopolio y la tercera eran los trabajadores manuales y "gauchos compadritos" del Plata. Las castas indígenas y africanas eran esclavas y tenían una existencia extrasocial.

Los descendientes americanos de las dos primeras clases, que recibían alguna educación en América, o en la península, fueron los que levantaron el estandarte de la revolución.

Una de las fuentes históricas que ofrece testimonios inobjetables es la "Representación de los hacendados de las campañas del Río de la Plata, dirigida al Excmo. Señor Virrey Don Baltasar Hidalgo de Cisneros, en el expediente promovido sobre proporcionar ingresos al erario por medio de un franco comercio con la nación inglesa.- Septiembre 30 de 1809", Mariano Moreno ha legado a la posteridad la prueba explícita del conflicto económico planteado en estas colonias a principios del siglo pasado.

El prologuista de sus escritos, Norberto Piñero, esboza en breves pinceladas el cuadro de aquella situación:
"Las comarcas que formaban el Virreinato de Buenos Aires se encontraban en una situación deplorable. La Metrópoli había querido que ninguna influencia extraña pesara sobre sus colonias y había pretendido mantenerlas herméticamente cerradas a todo tráfico con las demás potencias. El sistema de monopolio, establecido desde el principio y practicado durante trescientos años, labró lentamente la ruina económica de la colonia, o mejor dicho, aseguró en ella el predominio del atraso, del estado primitivo. Impidió el desarrollo del cultivo, de la producción, e hizo imposible el comercio internacional  En 1809 la vida era en extremo cara; los artículos más sencillos costaban precios altísimos, los agricultores y ganaderos trabajaban estérilmente, pues no tenían mercado para los productos de sus haciendas y de sus cultivos. Todos los habitantes con excepción del reducido gremio favorecido por el monopolio y de los contrabandistas, soportaban las consecuencias del enorme encarecimiento de todo.
La situación de los negocios públicos no era mejor. El erario se encontraba exhausto y endeudado; y la administración pasaba por serios apuros, necesitaba fondos con urgencia y no tenía de dónde sacarlos, por cuanto todas las fuentes de los recursos ordinarios estaban agotadas o poco menos. En semejante situación, reagravada por las desgracias que afligían a la madre patria, invadida por los ejércitos del emperador francés, lo primero que preocupó al virrey fue remediar las penurias del Tesoro y proveerse de recursos para atender los servicios públicos. Varios temperamentos se le sugirieron con tal fin; entre ellos el de abrir las puertas al comercio inglés. Los mercaderes se opusieron tenazmente a esta medida y procuraron demostrar cuán funesta y dañosa sería para el país. El Cabildo y el Consulado, cuyo dictamen reclamó el virrey, se expidieron igualmente en contra. Los monopolistas cuidaban sus intereses. Sabían que la apertura de los puertos al comercio de Inglaterra traería la ruina de sus privilegios. En cambio, los hacendados y labradores de ambas márgenes del Plata, sostuvieron la excelencia de la medida del proyecto, de la que esperaban grandes bienes y designaron a Moreno para que defendiese y patrocinase sus derechos ante el Gobierno"
Mariano Moreno. Tal vez el hombre que más evoca a la Revolución y el patriotismo. Cuando ser patriota implicaba
necesariamente levantar la bandera del librecambio y la apertura al ingreso de capital inglés.

       

El texto de la Representación de los Hacendados abunda en conceptos que especifican su carácter de reclamación económica, antes que política;
"El inmediato interés que tienen mis instituyentes en que no se frustre la realización de un plan capaz de sacarlos de la antigua miseria a que viven reducidos, les confiere la legítima representación para instruir a V.E. sobre los medios de conciliar la prosperidad del país con la del erario, removiendo los obstáculos que pudieran maliciosamente oponerse a las benéficas ideas con que el Gobierno de V.E. ha empezado a distinguirse".
Y más adelante encontramos oraciones que claman de forma explícita una apertura comercial...
"El viajero a quien se instruyese que la verdadera riqueza de esta provincia consiste en los frutos que produce, se asombrará cuando buscando al labrador por su opulencia, no encontrase sino hombres condenados a vivir en la miseria. 
Hay verdades tan evidentes, que se injuria a la razón con pretender demostrarlas. Tal es la proposición de que conviene al país la importación franca de efectos que no produce ni tiene, y la exportación de los frutos que abundan hasta perderse por falta de salida.
Estas campañas producen anualmente un millón de cueros, sin las demás pieles, granos y sebo, que son tan apreciables al comerciante extranjero: llenas todas nuestras barracas, sin oportunidad para una activa exportación, ha resultado un residuo ingente, que ocupando los capitales de nuestros comerciantes les imposibilita o retrae de nuevas compras, y no pudiendo éstas fijarse en un buen precio para el hacendado que vende, si no es a medida que la continuada exportación hace escasear el fruto, o aumenta el número de los concurrentes que lo compran, decae precisamente al lastimoso estado en que hoy se halla, desfalleciendo el agricultor hasta abandonar un trabajo que no le indemniza los afanes y gastos que le cuesta.
A la libertad de exportar sucederá un giro rápido, que, poniendo en movimiento los frutos estancados, hará entrar en valor los nuevos productos y aumentándose las labores por las ventajosas ganancias que la concurrencia de extractores debe proporcionar, florecerá la agricultura y resaltará la circulación consiguiente a la riqueza del gremio que sostiene el giro principal y privativo de la Provincia".
El petitorio pone como ejemplo de los beneficios del comercio libre a Montevideo, que mientras estuvo ocupado por las armas inglesas...
"...abrió franca puerta a las introducciones de aquella nación y exportaciones del país conquistado, momento en el cual, el inmenso cúmulo de frutos acopiados en aquella ciudad y su campaña fue extraído enteramente; las ventas se practicaron en precios ventajosos, los géneros se compraron por ínfimos valores, y el campestre se vistió de telas que nunca había conocido, después de haber vendido con estimación cueros que siempre vio tirar, como inútiles, a sus abuelos".



Mas adelante La Representación de los Hacendados se cuestiona;
"¿A qué fin tanto empeño en el aumento de brazos para fomentar la agricultura, si los frutos de ésta han de quedar perdidos por privárseles el expendio que innumerables concurrentes solicitan?"
De esta manera, llegado su momento histórico, la emancipación política se impuso y fue inevitable: el privilegio feudal, asentado en la propiedad de la tierra, pasó de manos del extranjero a las nacientes oligarquías criollas que lo retuvieron durante el siglo XIX, aunque decidiéndose nominalmente por el régimen de gobierno republicano y democrático.

Fuente: José Ingenieros, La Sociología Argentina (1908), Cap. II: La Formación de las Nacionalidades (Causas económicas de la emancipación), Centro Editor de América Latina 1979).