lunes, 28 de mayo de 2012

El Jockey Club

Sin duda alguna el Jockey Club se ha convertido en el signo más representativo de status y prestigio social entre la oligarquía argentina. El incendio del Jockey Club durante el peronismo tuvo, por eso, un valor casi simbólico en la campaña contra la oligarquía.
El Jockey Club fue creado en 1883 durate la primera presidencia de Roca, por iniciativa de Carlos Pellegrini, quien tuvo la idea contemplando el espectáculo del Derby en el hipódromo Chantilly de París. El grupo inicial que formaba el club era tan reducido que no pasaba de 43 socios. 
En 1896 se comenzó la construcción de la calle Florida 559, que se inauguró con un gran baile el 2 de septiembre de 1897. Pellegrini le describe en una carta a Miguel Cané la magnificencia del flamante edificio: "el hall es hermosísimo, pero todo desaparece ante la escalera soberbia, que se levanta y desarrolla con una curva armoniosa. Allá en el primer descanso un foco de luz divina, la Diana ideal, parece que se eleva lanzando una flecha...".

Carlos Pellegrini. Fundador del Jockey Club de Buenos Aires



                 
El edificio, incluidos muebles, costó en la época tres millones de pesos. En un tiempo en que el peso argentino cotizaba muy bien, y en que las finanzas del Club iban mejor aún, sus dirigentes aprovecharon para comprar en Europa colecciones de arte, destacándose un biombo voromandel de China, pieza antiquísima, y dos cuadros de Goya: La Boda y El Huracán.
La biblioteca también contaba con valiosas piezas, entre ellas algunos libros pertenecientes al general San Martín, vendidos por el albacea de su nieta, señora Balcarce de Gutierrez Estrada. También se adquirió el archivo completo y el diario íntimo del almirante Le Blanc, jefe de la escuadra bloqueadora de Buenos Aires durante la época de Rosas.

Monumento a Carlos Pellegrini frente a la sede actual del Jockey Club
en la calle Cerrito

La comisión directiva del Jockey Club consta de un presidente y 20 miembros elegidos por los socios. Hay una comisión de carreras, cuyo presidente es a la vez el vicepresidente 1° del Club, y una comisión de interior, que la preside el vice segundo del Club. Algunos de los presidentes del Jockey Club, además de Pellegrini, han sido: Miguel Cané, Samuel Hale Pearson, Miguel Martinez de Hoz, Saturnino Unzué, Joaquín Anchorena, Eduardo Bullrich y Horacio Bustillo, entre otros.
De los 143 socios iniciales, el Club se ha ampliado mucho a través de los años, pero su carácter restringido le impide pasar el númer de 7.500 socios, que es el que tiene en la actualidad. Para admitir un socio nuevo es preciso que se produzca una vacante.

Con la llegada del peronismo, el Jockey pasó el peor momento de su historia. Durante el primer gobierno de Perón, la Municipalidad, mostrando su sentido del humor, instaló frente a las escalinatas del Jockey un maloliente puesto de pescado. Los atildados socios se encontraron de pronto con el ambiente de mercado popular invadiendo su exclusivo recinto.

Incendio del Jockey Club a cargo de
 grupos peronistas en la sede de calle Florida 
En 1953 las relaciones entre Perón y la oposición se ponen más tensas, y la burla displicente con que se trató al Jockey se convierte en violencia. El 15 de abril de ese año, un acto peronista en Plaza de Mayo es interrumpido por el estallido de un par de bombas. En revancha, grupos de jóvenes pertenecientes a la Alianza Libertadora Nacionalista queman los edificios de la Casa del Pueblo, la Casa Radical, la sede del Partido Demócrata Progresista y el Jockey Club. A las 12 y 20 de la noche el Jockey Club fue invadido por un grupo que entró por la ventana de la gerencia, que daba a la calle Tucumán. Los testigos presenciales hablan de una batahola de gritos, balazos y maderas encendidas en medio de la oscuridad.
La Diana cazadora de Falguieri, estatua que adornaba el hall central, rodó por la escalera y se hizo pedazos. La pinacoteca se perdió completamente, incluyendo los cuadros de Goya.
A la mañana siguiente, seis dotaciones de bomberos conseguían apagar el incendio.
El 21 de mayo el gobierno da el golpe definitivo al Jockey; los hipódromos son nacionalizados, pasando a depender de Lotería y Casinos. No obstante, el núcleo más exclusivo de sus socios no se disolvió pese a tantas adversidades, y uno de sus ex presidentes, Joaquín Anchorena, cedió su vieja casona de la calle Charcas al 900 como sede improvisada del semiclandestino Jockey Club.

A la caída de Perón se formó un comité de Recuperación del Jockey Club, y el 21 de abril de 1958, conseguida la personería jurídica se nombra la nueva comisión directiva, con Joaquín de Anchorena como presidente. Para la nueva sede se compra la vieja mansión de Samuel Hale Pearson, uno de los ex presidentes de la institución, en Cerrito 1353, casualmente frente a la estatua del fundador, Carlos Pellegrini.


Extraído de "Los Oligarcas" de Juan José Sebreli (Colección "La historia popular/vida y milagros de nuestro pueblo")

jueves, 24 de mayo de 2012

Monumento a Hipólito Vieytes en Barracas

La figura del prócer, obra del artista español José Llaneces, aparece en actitud cedente. La misma se halla realizada en bronce, colocada sobre una artística base de mármol, con ornamentos y escalinata.
La figura de La Inspiración se halla en el primer escalón en la parte frontal del monumento, completando la misma aparecen los motivos que forjaron su personalidad propagandista; del cultivo de la tierra, de la libertad de comercio y de la industria.
El primer emplazamiento fue inaugurado en el año 1910 con motivo del centenario del primer gobierno patrio y fue ubicado en la Plaza Moreno. Más adelante se lo trasladó a la Plazoleta Vieytes, en el barrio porteño de Barracas, el 26/10/1944.



Juan Hipólito Vieytes nació en la localidad bonaerense de San Antonio de Areco el 6 de agosto de 1762.
Participó durante la Reconquista de Buenos Aires, en las Invasiones Inglesas donde logró el grado de capitán.
En los años siguientes formó parte del carlotismo, partido político que pretendía coronar a Carlota Joaquina de Borbón como regente, en nombre del rey Fernando VII en el Virreinato del Río de la Plata.

En 1810 apoyó la Revolución de Mayo y asistió al cabildo abierto del 22 de mayo. Fue nombrado auditor de guerra, cargo del que fue separado por negarse a fusilar a Santiago de Liniers. Fue secretario de la Junta Grande de Gobierno en 1811.





   

LA JABONERÍA
Por Francisco N. Juarez para diario La Nación (20/05/2001)

Vieytes. De fondo el Cabildo
La llamada Jabonería de Vieytes -que como tal funcionó menos de dos años y fue seguramente una pantalla para encubrir las reuniones de los patriotas de Mayo- fue embargada durante el interinato virreinal de Santiago de Liniers. Sucedió en la jornada de la Nochebuena de 1808 mientras el propietario del inmueble, el subteniente de blandengues Nicolás Rodríguez Peña, padecía de nefritis aguda encarcelado en el cuartel de cántabros. Se lo sospechaba un revolucionario en inteligencia con su hermano Saturnino, aquel que había ayudado a fugarse al invasor William Carr Beresford. Saturnino Rodríguez Peña había remitido desde Río de Janeiro cartas comprometedoras con un emisario británico: el joven cirujano Diego Paroissien. Años después, sobre el mobiliario y gran biblioteca de la casa-vivienda de esa fábrica -que constituía el hogar del patricio Hipólito Vieytes, responsable industrial de los mejores jabones y velas de la ciudad, pero dueño de esos bienes personales- cayó la garra apropiadora de la Comisión de Secuestros surgida a consecuencia del golpe de abril de 1815 asestado contra el gobierno de Carlos María de Alvear.

El llamado Café de Marcos o de Mallco, en los tiempos de Mayo y casi al pie de San Ignacio, a un paso del Cabildo, era considerado una especie de tribuna abierta y nada escondida para la juventud amante de la exposición rebelde y polémica. Fue clausurado el 1º de enero de 1809 por el virrey Liniers.

Sello postal de Vieytes con motivo del
centenario del primer gobierno patrio
Durante los cuatro años y algunos meses que Vieytes editó el Semanario de la Industria y Comercio -primer periódico escrito por un nativo- arrendó una casa de la viuda de un tal Miguel Alvarez en la calle San Juan, hoy Esmeralda, vereda oeste, entre las actuales Sarmiento y Perón. Allí funcionó la redacción de su periódico, pero, las invasiones inglesas, si bien concluyeron con la edición, despertaron a la vez la confianza de los combatientes de todo orden -ya fuera con las armas o con la pluma- para emprender planes independistas. En lo que fue la redacción y casa de Vieytes se concretaron las primeras reuniones de quienes decidieron acabar con la sujeción a la corona española.

El por entonces acaudalado Nicolás Rodríguez Peña propuso tener una sede más apartada para las tertulias secretas e iniciar a la vez una lucrativa actividad industrial que aprovechara el ingenio desplegado -entre muchos otros temas progresistas- por el impulsivo editor del semanario. El mismo Rodríguez Peña se propuso como socio de capital para que Vieytes fabricara jabón y velas con los métodos que había proclamado en el periódico. Dieron con una casa de la entonces calle de San Bartolomé, en la vereda que miraba al Norte (luego Agüero y actualmente México), propiedad que había sido conocida como la panadería de Videla. Estaba algo abandonada y habitada por seis negras libres, y quedaba a mitad de cuadra entre las hoy calles Lima y Bernardo de Irigoyen. Era una propiedad muy aislada porque un bajío y La Zanja -así llamada- a la que aprovisionaba para echar al río las aguas de lluvia, se interponían camino del Cabildo. La casa necesitaba ser remodelada para cumplir su función industrial y de vivienda, y así fuera habitable por la familia de Vieytes.

Hipólito Vieytes
No habían logrado todavía curarse algunos heridos de la segunda invasión inglesa y menos aún acallarse los comentarios de las peleas cuerpo a cuerpo, cuando el socio de Vieytes compró la finca de 34 varas de frente y 60 de fondo en 2387 pesos y 3 reales. La escritura del 16 de octubre de 1807 la suscribió Nicolás Rodríguez Peña al folio 224 vta. del registro número 6 a cargo del escribano Inocencio Agrelo, según lo estableció el investigador Manuel Carlos Melo en la nota publicada en La Nación en 1964. El trabajo indagador terminó con la polémica que había sido entablada para determinar la ubicación de la jabonería, quizá porque varios autores -incluido Clemente L. Fregeiro- equivocaron su ubicación. Cuando Melo publicó el resultado de sus indagaciones, la jabonería hacía más de tres décadas que había sido reemplazada por un edificio funcional del arquitecto francés León Dourge. El solar llegó a declararse monumento histórico nacional, pero la avenida 9 de Julio cumplió con el desdén nativo por lo histórico.

El edificio de departamentos aludido estaba plantado de cara al norte de la calle México 1050 al 1068. La ubicación es la cabecera de la arbolada plazoleta central de la avenida; exactamente a 34º36'55.23" de latitud Sur y 58º25'51.52" de longitud Oeste. 

La Jabonería se ubicaba donde hoy se encuentra una de las
plazoletas en el cruce de la calle México la 9 de Julio.
Durante el embargo de la jabonería -el 24 de diciembre de 1808-, el aguacil Manuel Mansilla fue atendido por Vieytes que debió juramentarse frente al escribano Francisco Seijas a dar la información precisa y quedar como custodio de los bienes entre los que se consideró como tales a los esclavos Joaquín, Juan y José. Así quedó consignado en el sumario instruido a Diego Paroissien, y en los que debieron testimoniar el propio Vieytes, Juan José Castelli y Nicolás Rodríguez Peña. Este último fue sometido a prisión e igual pena padeció el médico inglés a pesar de la ingeniosa defensa que asumió el propio Castelli. Todos ellos, a excepción de Paroissien, fueron los primeros conjurados que sumaron a Manuel Belgrano en los cónclaves cobijados bajo la vivienda de Vieytes anexa a la jabonería. El zagúan daba a un hall y una amplia sala, pero la vivienda tenía muchos cuartos y un gran patio de tierra donde Castelli, Rodríguez Peña y otros visitantes dejaban sus cabalgaduras.

Que para el año 1810 las reuniones ya fueron tumultuosas lo demuestran las dos docenas y media de cubiertos, los 5 mates y las 45 sillas contadas entre el equipamiento que inventarió entre el 28 de abril y el 1º de junio la Comisión de Justicia tiempo después de haber apresado a un Vieytes casi moribundo tras los infortunados sucesos de 1815.

Sello Postal con las imágenes de los socios Rodriguez Peña
e Hipólito Vieytes. Motivo Centenario
La "casa de café en la calle que va del colegio a la Plaza Mayor" (actual calle Bolívar) figura de esa manera aludida por su dueño, don Pedro José Marcó, en el reclamo para levantar la clausura del negocio. El Café de Marcos era un lugar deliberativo y el mejor. Cuando estalló la primera conjuración de Alzaga, el 1º de enero de 1809, Liniers, virrey y héroe de la Reconquista, mandó clausurarlo y dar tres días a Marcó para salir de la ciudad. Pero quedó su socio José Antonio Gordon, que presentó dos rogatorias a Liniers para reabrir el local, ambas denegadas. Claro que a principios de agosto asumió don Baltasar Hidalgo de Cisneros y en seguida retornó don Pedro Marcó. Elevó un memorial al nuevo virrey que denunciaba que sus pérdidas serían de 30 mil pesos en utensilios y productos y el 21 del mismo mes fue autorizado a reabrir su negocio.

La jabonería, como bien de la sucesión de la viuda de Rodríguez Peña, fue vendida en subasta judicial en 500 mil pesos hacia 1869. 


domingo, 20 de mayo de 2012

Algunas nociones Sobre la Libertad

John Stuart Mill. Filósofo inglés nacido en Londres en 1806, que con su obra "Sobre la Libertad" ("On Liberty") de 1859, contribuyó a dilucidar los principios del liberalismo civil cuyo objetivo es garantizar la libertad de cada individuo frente a las imposiciones de terceros. Su consecuencia más visible y tal vez más importante se refiere a la limitación de atribuciones, y campo de acción que le corresponde al Estado. De esta manera limitar la acción del Estado resulta imprescindible para garantizar el sistema de libertades individuales de una sociedad.

El objetivo de este ensayo es proclamar un principio encaminado a regir de modo absoluto la conducta de la sociedad en relación al individuo.

John Stuart Mill
El pueblo que ejerce el poder no es siempre el mismo pueblo sobre el que se ejerce. La voluntad del pueblo significa, en realidad, la voluntad de aquella porción mas numerosa, de la mayoría, o de aquellos que consiguieron hacerse aceptar como tal mayoría. Por consiguiente, el pueblo puede desear oprimir una parte de sí mismo, y contra él son tan útiles las precauciones como contra cualquier abuso del poder.Por esto es siempre importante conseguir una limitación del poder del gobierno sobre el individuo.

En Inglaterra existe una gran aversión hacia toda intervención directa del poder, ya sea legislativo, ya ejecutivo, en la conducta privada, más por la vieja costumbre de considerar al gobierno como representante de un interés opuesto al del individuo, que por un justo respeto a sus derechos legítimos. La mayoría todavía no ha aprendido a considerar el poder del gobierno como el suyo propio, y las opiniones del mismo como sus opiniones. En el momento en que llegue a comprenderlo así, la libertad individual quedará probablemente expuesta a ser invadida por el gobierno.

"On Liberty", Edición 1880
Se puede decir que no existe un principio reconocido para establecer la propiedad o impropiedad de la interferencia del gobierno. Se decide en este punto según las preferencias personales. Hay quienes ven un bien por hacer o un mal que remediar y desearían que el gobierno se hiciese cargo de la empresa, mientras que otros preferirían soportar toda clase de abusos sociales antes de añadir cosa alguna a las atribuciones del gobierno. Los hombres se inclinan siguiendo la dirección de sus sentimientos, o según el grado de interés que tengan en aquello que tengan en aquello que se proponen que el gobierno haga. Pero muy rara vez, decidirán con opinión reflexiva sobre las cosas adecuadas a ser cometidas por el gobierno.

El principio de acción que se propone en este ensayo es el siguiente: el único objeto que autoriza a los hombres, individual o colectivamente, a turbar la libertad de acción de cualquiera de sus semejantes, es la propia defensa. La única razón legítima para usar la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedirle perjudicar a otros; pero el bien de este individuo, sea físico, sea moral, no es razón suficiente.

Ningún hombre puede ser obligado a actuar o a abstenerse de hacerlo, porque de esa actuación o abstención haya de derivarse un bien para él, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo. Éstas son buenas razones para discutir con él, para convencerle, o para suplicarle, pero no para obligarle, si obra de modo diferente a nuestros deseos. Para que la coacción fuese justificable, sería necesario que la conducta de este hombre tuviese por objeto el perjuicio de otro. Para aquello que no le atañe más que a él, su independencia es, de hecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano.

La única razón legítima para usar la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedirle perjudicar a otros. El bien de este individuo, sea físico o moral, no es razón suficiente.

                      
El despotismo es un modo legítimo de gobierno, cuando los gobernados están todavía por civilizar, siempre que el fin propuesto sea su progreso y que los medios se justifiquen al atender realmente este fin. La libertad, como principio, no tiene aplicación a ningún estado de cosas anterior al momento en que la especie humana se hizo capaz de mejorar sus propias condiciones, por medio de una libre y equitativa discusión. Hasta este momento, ella no tuvo otro recurso que obedecer a un Carlomagno, si es que gozó la suerte de encontrarlo. Pero desde que el género humano ha sido capaz de ser guiado hacia su propio mejoramiento por la convicción o la persuasión (fin alcanzado desde hace mucho tiempo por todas las naciones que nos importan aquí), la imposición, ya sea en forma directa, ya bajo la de penalidad por la no observancia, no es ya admisible como medio de hacer el bien a los hombres; esta imposición sólo es justificable si atendemos a la seguridad de unos individuos con respecto a otros. 

Bronce de John Stuart Mill en Londres
Hay una esfera de acción en la que la sociedad, como distinta al individuo, no tiene más que un interés indirecto, si es que tiene alguno. Nos referimos a esa porción de la conducta y de la vida de una persona que no afecta más que a esa persona. Comprende, en primer lugar, el dominio interno de la conciencia, exigiendo la libertad de conciencia en el sentido más amplio de la palabra, la libertad de pensar y de sentir, la libertad absoluta de opiniones y de sentimientos, sobre cualquier asunto práctico, especulativo, científico, moral o teológico. La libertad de expresar y de publicar las opiniones puede parecer sometida a un principio diferente, ya que pertenece a aquella parte de la conducta de un individuo que se refiere a sus semejantes; pero como es de casi tanta importancia como la libertad de pensamiento y reposa en gran parte sobre las mismas razones, estas dos libertades son inseparables en la práctica.el principio de la libertad humana requiere la libertad de gustos y de inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida siguiendo nuestro modo de ser, de hacer lo que nos plazca, sujetos a las consecuencias de nuestros actos, sin que nuestros semejantes nos lo impidan, en tanto que no les perjudiquemos, e incluso, aunque ellos pudieran encontrar nuestra conducta tonta, mala o falsa. En tercer lugar, de esta libertad de cada individuo resulta, dentro de los mismos límites, la libertad de asociación entre los individuos; la libertad de unirse para la consecución de un fin cualquiera, siempre que sea inofensivo para los demás y con tal que las personas asociadas sean mayores de edad y no se encuentren coaccionadas ni engañadas.

La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros, o frenar sus esfuerzos para obtenerla. Cada cual es el mejor guardián de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La especie humana ganará más en dejar a cada uno que viva como le guste más, que en obligarle a vivir como guste al resto de sus semejantes.

Extraído de la obra de John Stuart Mill; Sobre la Libertad (On Liberty, 1859)

viernes, 18 de mayo de 2012

Monumento a Roque Saenz Peña en Buenos Aires


Fué inaugurado en el año 1936 ante la presencia del presidente Agustín P. Justo y su ministro de relaciones exteriores y premio Nobel de la Paz, Carlos Saavedra Lamas quien a su vez estaba casado con Rosa Saenz Peña (Hija del homenajeado). 
Realizado en París por el artista argentino José Fioriavanti sobre un único bloque de piedra Mar del Plata. Presenta un estilo art déco.
La figura del político está secundada por dos grupos escultóricos, uno de los cuales representa La Acogida, constituído por un desnudo femenino y un niño. El otro grupo esta representado por un hombre, con la espada y la tabla de la Ley significa "El Voto Obligado". En la parte posterior, de este monumento, completando la arquitectura de la base, se encuentra una fuente vertedero, que encuadra un relieve de un desnudo femenino, que representa la idea de Roque Saenz Peña, de America para la Humanidad. La Comisión Ejecutiva del Monumento del Dr. Roque Saenz Peña, fue la encargada de la erección del mismo, cuyo gasto fue cubierto por suscripción popular, fijándose la plazoleta formada por la intersección de la Diagonal Norte y las calles Florida y Bartolomé Mitre, para su ubicación de acuerdo con lo dispuesto por Ley N° 11.229, promulgada el 04/10/1923. Se dió posesión del terreno a la Comisión Ejecutiva para su ubicación en el lugar actual, por Resolución del 16/07/1936.