martes, 24 de julio de 2012

Sarmiento vs. Alberdi; el comienzo de una polémica

Sarmiento "Boletinero" del Ejército Grande de Urquiza
Justo José de Urquiza manipula los resortes para ser el nuevo representante legal de la República. Convoca así, a los gobernadores de Santa Fé, Corrientes y Buenos Aires, quienes se reúnen en Palermo el 5 de abril de 1852 y le confieren el cargo de dirigir las Relaciones Exteriores de la Nación, el mismo señuelo con que Rosas habíase apropiado del poder por más de veinte años. Provisto ya de esa investidura, convoca a otra reunión a los gobernadores del país, la que habría de realizarse en San Nicolás de los Arroyos. Así, de este origen, nace el pacto que lleva ese nombre, primera piedra puesta firmemente en los cimientos del edificio de la organización nacional.
En los últimos días de mayo, reúnese este Congreso de Gobernadores, muchos de ellos miembros activos de la tiranía de Rosas, y en el se confiere el cargo de Director Provisorio, hasta que se reúna el Congreso Constituyente que habría de aprobar la Constitución del Estado.
Urquiza, mientras tanto, había designado Gobernador de Buenos Aires a Vicente Lopez y Planes, quien contaba al momento con 67 años de edad. El autor de la letra del Himno Nacional, había sido en 1827, quien reemplazaría en la presidencia a Bernardino Rivadavia, siendo el segundo y último en cubrir el cargo de la efímera Ley de Presidencia de aquel período. 
Lopez y Planes concurrió a la reunión de San Nicolás y firmó el pacto aprobado por los catorce gobernadores de Provincias. Sin embargo, la legislatura bonaerense, recientemente electa, y en la que figuraban Mitre, Velez Sarsfield y Valentín Alsina, desaprobó tras cruento debate, el pacto firmado por el gobernador, provocando la renuncia de Lopez y Planes en el mes de julio. La sala nombra de esta manera, gobernador a su presidente el General Manuel Guillermo Pinto.
La respuesta de Urquiza fue disolver la Legislatura y desterrar a sus tres figuras más notables.

Entre los intelectuales, Sarmiento y Alberdi, tomarán caminos opuestos. El último está ya inclinado en favor de Urquiza y sus célebres Bases para la Organización de la República Argentina, sería adoptado por la convención constituyente. En vano intentaría el tucumano, convencer a Sarmiento de apoyar el intento de organización constitucional y la negativa del otrora "boletinero oficial" del Ejército Grande de Urquiza, iniciaría entre ambos una larga y documentada polémica.

Las intervenciones provinciales y los conflictos armados en el interior no se hacían esperar. El caso de la provincia de San Juan es alcanzado por ellos, cuando el gobernador Nazario Benavidez se traslada a San Nicolás y es depuesto por el presidente de la legislatura Zacarías Yanzi. Los unitarios sanjuaninos habían aprovechado la ausencia de quien fuera anteriormente uno de los aliados de Rosas.
Bajo el gobierno de Yanzi, se eligieron los representantes en el Congreso Constituyente. Los mismos eran Sarmiento y Salvador María del Carril. Pero Benavidez, apoyado por fuerzas de Urquiza, regresó a San Juan, depuso a Yanzi y anuló la elección de diputados donde Sarmiento fue reemplazado por Antonio Aberastain.

Para esto el Buenos Aires de Mitre y Alsina se levanta en armas contra la dominación de Urquiza en la llamada Revolución del 11 de septiembre de 1852. Valentín Alsina sería nombrado gobernador de la provincia. Buenos Aires redactaría su Constitución como estado independiente en el año 1854 y no formaría parte del país hasta 1862 tras la batalla de Pavón.


EL INICIO DE LA POLÉMICA

La dedicatoria de Sarmiento (Yungai, 12 de Noviembre de 1852) a Juan Bautista Alberdi de su "Campaña en el Ejército Grande" en la que el sanjuanino dirigía la crítica contra Urquiza, disparó el altercado entre los dos intelectuales. Sarmiento se rectificará aquí de su acuerdo con el General Urquiza a quien antes de vencer a Rosas había denominado como "la Gloria más alta de la Confederación". Entre otras cosas dirá que el Pronunciamiento de Urquiza contra Rosas "era un cuento inventado por los especuladores de la Bolsa."
En definitiva Sarmiento, apostado ya en el bando porteño, exhorta a Alberdi a "no mezclarse en este período de transición pasajera", aunque también el sanjuanino manifiesta que no tiene interés en persuadir a su otrora compañero de bando; "usted desempeña una misión, y no han de ser argumentos los que le hagan desistir de ella." De esta manera Domingo Sarmiento intenta despegarse del liderazgo de Urquiza con el cual tuvo contratiempos durante la campaña y rechaza el caudillismo del entrerriano; "me han bañado la cara los sesos de los soldados que creí las últimas víctimas de la guerra civil. Buenos Aires está libre de los caudillos, y las provincias si no las extravían, pueden librarse del último que sólo ellas con su cooperación levantarían. En la prensa y en la guerra, usted sabe en qué filas se me ha de encontrar siempre, y hace bien en llamarme el amigo de Buenos Aires, a mí que apenas conocí sus calles, usted que se crió allí, fue educado en sus aulas y vivió relacionado con toda la juventud."



             
Con respecto a la conducta de Alberdi durante el sitio de Montevideo, cuando el tucumano se embarcó hacia Europa para más adelante radicarse en Chile, Sarmiento dirá; "usted sabe, según consta de los registros del sitio de Montevideo, quién fue el primer desertor argentino de las murallas al acercarse Oribe."


LA PRIMERA CARTA

La sutil y minuciosa respuesta de un afectado Alberdi, no se haría esperar y en enero de 1853, desde la localidad chilena de Quillota, hizo pública la primera de una serie de respuestas, las cuales más adelante serían recopiladas y editadas con el nombre de Cartas Quillotanas. Desde aquí, el tucumano, pondrá énfasis en reconocer que ha operado un cambio sustancial en la situación del país desde que ha acaecido la caída de Rosas. Urquiza no es igual a Rosas, por lo tanto, el autor de las Bases opinará que la prensa opositora que realizara Sarmiento en épocas anteriores, en dónde se intentaba luchar contra un gobierno despótico, no debería repetirse dada la nueva situación. "Su pluma tan bien empleada en los últimos años, no sirve hoy día a los intereses actuales de la República desembarazada del despotismo de Rosas". Existe un "congreso que se ocupa de dar una constitución a la República". 

El autor de las Bases rescata la actitud belicista y confrontativa de Sarmiento; "por diez años ha sido usted un soldado de la prensa; un escritor de guerra, de combate. En sus manos la pluma fue una espada, no una antorcha". Critica aquel "silencio de prensa" al que lo llama el sanjuanino, el mismo silencio el cual llevado a cabo anteriormente por el partido unitario en 1827, posibilitó el ascenso de Rosas al poder. Actitud que el mismo Sarmiento había criticado en su "Facundo".

"En la paz, en la era de organización en que entra el país, se trata ya no de una persona, sino de instituciones: se trata de Constitución, de leyes orgánicas..." El escritor liberal otorga un verdadero ejemplo de republicanismo. En el gobierno de la ley, ya no se trata de favoritismos, cualesquiera que estos sean; "dad garantías al caudillo, respetad al gaucho si queréis garantías para todos". "¿Diréis que con los gauchos es imposible tener libertad perfecta? pues no hay otro remedio que tenerla imperfecta"

Dentro del sistema de pensamiento radical de Domingo Sarmiento, se encontraba la idea de que el gaucho, representante y producto natural de estas tierras, era la antítesis de la civilización, y en consecuencia resultaba imposible tratar de civilizarlo. Por tanto no podría existir verdadera civilización en estas tierras, hasta el momento de efectuar su completo exterminio. Esto era lo que llevaba al sanjuanino a no aceptar ningún grado de caudillaje y por tanto rechazar a Urquiza de la misma manera que anteriormente se había opuesto a Rosas. Alberdi dirá al respecto de este tema que, en caso de llevarse a cabo; "tal principio llevará a suprimir toda la nación argentina hispano-colonial, y a suplantarla de un golpe por una nación argentina anglo-republicana", según el tucumano; "la única que estaría exenta de caudillaje". Consciente de que no se puede ser civilizado, empleando los métodos de la barbarie, Alberdi le advierte a su oponente que; "el día que creáis lícito destruir, suprimir al gaucho, porque no piensa como vos, escribís vuestra propia sentencia de exterminio y renováis el sistema de Rosas". Se trata de construir un orden basado en un sistema normativo que otorgue garantías a cada habitante, y no se base en ninguna clase de favoritismos. Porque un sistema liberal no puede pretender la libertad y la seguridad de ninguno de sus miembros en particular, sin otorgarla a todos en general; "no hay más que un medio de admitir los principios y es admitirlos para todo el mundo". Las consecuencias de la organización del Estado basado en facciones o favoritismos, cualesquiera que estos sean, son funestas; "si tenemos derecho para suprimir al caudillo, ellos le invocarán mañana para suprimirnos a nosotros". 

Alberdi ratifica que ya ha tomado partido por la propuesta de Urquiza y se despega de su contrincante diciendo que no está "por el sistema de esos escritores, que nada tienen que hacer el día que no tienen que atacar". Además le advierte; "voy a estudiarlo en sus escritos... voy a estudiarlo como escritor". Lapidario sentencia que "por excusar su pereza, su falta de estudio, de educación y de inteligencia práctica en las leyes de los debates de libertad, finge que sus adversarios actuales son iguales a los pasados". 

En los párrafos finales, Alberdi haciendo uso de una notable capacidad dialéctica, propinará a Sarmiento los golpes más certeros que encenderán, luego, la ira del sanjuanino: lo llamará caudillo. "En los países de caudillaje, hay caudillos en todos los terrenos. Los tiene la prensa lo mismo que la política. La tiranía, la violencia, está en todos, porque en todos falta el hábito de someterse a la regla".
La alusión al "Facundo" nunca será más aguda que cuando compara al virulento escritor con la clasificación dada por este al riojano Quiroga; "La prensa sudamericana tiene sus gauchos malos. Y no por ser rivales de los caudillos de sable, dejan de serlo los de pluma". El golpe de knockout llegará cuando al igual que Sarmiento cuando habla del gaucho, Alberdi diga de este, que como caudillo de la pluma, también se trata de un producto autóctono de la naturaleza salvaje de las pampas argentinas; "el caudillo de pluma es planta que da el suelo desierto y la ciudad pequeña; producto natural de la América despoblada."

La comparación de Sarmiento con Rosas será el punto cúlmine que terminará por enardecer al destinatario; "Si los gauchos en el gobierno son obstáculos para la organización de estos países, ¿los gauchos de la prensa podrán ser auxiliares y agentes de orden y de gobierno regular?".  


Alberdi utilizó todo su ingenio para hacer encuadrar a Sarmiento dentro del propio estereotipo de gaucho por este enunciado. Según Sarmiento, las pampas desiertas generan hombres embrutecidos por la falta de contacto con la civilización. Alberdi agregará que esto ocurre también con escritores e intelectuales, y como tal, Sarmiento no es más que un "gaucho de frac" . La contestación iracunda de Sarmiento no se haría esperar...


Cenotafio de Juan Bautista Alberdi. Recoleta

"Destruir es fácil, no requiere estudio; todo el mundo sabe destruir en política como en arquitectura. Edificar es obra de arte, que requiere aprendizaje".

Juan Bautista Alberdi, Primera Carta Quillotana.



Fuentes: - C. Galvan Moreno, Radiografía de Sarmiento (1938), Ed. Claridad, 2º Ed. 1961.-
               - Juan Bautista Alberdi, Primera Carta Quillotana (enero de 1853).-

lunes, 18 de junio de 2012

La Concepción del Facundo (Civilización y Barbarie)

José Aldao. Gobernador de Mendoza.
Obra de F. García del Molino - MHN
La muerte del fraile Aldao, en Luján de Cuyo, acaecida el 18 de enero de 1845, le brinda una magnifica oportunidad para desplegar las guerrillas de su nueva táctica. Evocando sus recuerdos personales y afianzándose en alguna documentación que tenía reunida sobre el caudillo, publica en El Progreso, en forma de folletín, durante una semana, "la vida del fraile Aldao" que, poco después, editó en un folleto con el nombre de "Apuntes Biográficos". Este libro, el primero de su género, ponía al descubierto una nueva estrategia del sanjuanino Sarmiento en su oposición a los caudillos. 
Para los historiadores que reivindican el caudillaje, los "Apuntes biográficos" de Sarmiento vienen a ser "la piedra angular del edificio fantástico, exagerado, que creó su genio imponderable." De esta manera, el historiador Semorrile, opina en 1937 desde la "Revista de Estudios Históricos" que "su fantástica y fabulosa creación novelesca, inundó el alma de las multitudes y se enseñoreó de ellas con el auxilio del pavor despertado por su ingenio y sigue y seguirá aún alimentando la fantasía inofensiva de muchos ilusos ".
La realidad es que esta obra, en el momento de su aparición, respondió tan cumplidamente al fin táctico con que era escrita, que la colonia de emigrados argentinos durante el rosismo, incitó a su autor a explotar la rica vena que acababa de descubrir.
Así fue como nació el Facundo, ese libro que ha sido traducido a cuatro idiomas, objeto de miles de transcripciones parciales en América y Europa y que haría imperecedero el nombre de su autor si su obra práctica no lo hubiera hecho ya.
Hacía tiempo que Sarmiento venía documentándose para escribir una obra fundamental sobre el caudillaje argentino, para lo cual buscaba datos biográficos de Facundo Quiroga. La publicación de Facundo o Civilización y Barbarie, que se inició en folletín de El Progreso el 5 de Mayo de 1845 fue -según cuenta el nieto del sanjuanino, Agusto Belín Sarmiento- , "interrumpida al día siguiente, sigue el 7, 8 y 9, se interrumpe el 10 y sigue el 12 hasta el 5 de junio". Fue editado poco después en forma de libro y circuló profusamente con gran aceptación, en todo Chile y muchos países de América. También en la República Argentina. Pero aquí con más dificultad, pues como relata Belín Sarmiento; "había pena de la vida para quien tuviere en sus manos algún sospechoso escrito del traidor, inmundo, salvaje, etc., Domingo Faustino Sarmiento".

Portada de la primera edición del
libro Facundo. Año 1845
A pesar de ello recibieron el Facundo en Buenos Aires muchas personas: el general Lucio Norberto Mansilla, los redactores de La Gaceta y otros funcionarios oficiales que, so pretexto de ser la obra de un loco, leíanla con gusto. Después de Caseros se encontró un ejemplar en la biblioteca de Rosas, cuya dedicatoria decía: "Señor General Don Nazario Benavidez, de su compatriota, el autor". El gobernador de San Juan había deseado demostrar a Rosas su fidelidad  enviándole el ejemplar, que quizá con ese destino le dedicó Sarmiento.
La forma como se mandó a San Juan un cajón conteniendo ejemplares del Facundo, lo relata divertidamente su nieto; El doctor pide a un médico de Santiago que escriba al doctor Aman Rawson, en San Juan, remitiéndole un cajón de medicinas. La carta decía "le remito las medicinas pedidas, es lo más fresco que se encuentra en la farmacia". Después, una larga tirada técnica sobre la "coqueluche".
Llega el envío a San Juan. El doctor Rawson abre el cajón. Un olor insoportable primero, después libros, Civilización y Barbarie. El médico mira a sus hijos, sus hijos lo miran a él; ninguno dice nada y el Facundo entra a San Juan. 


Fuente: C. Galvan Moreno, Radiografía de Sarmiento (1938), Ed. Claridad, 2º Ed. 1961.-

domingo, 17 de junio de 2012

El Fracaso de la Constitución de 1826

Juan Bautista Alberdi explica a meses de promulgarse la Constitución del año 1853, las causas que, a su entender, provocaron el fracaso de la Constitución Nacional de diciembre de 1826. La unidad pura, teóricamente atractiva, vino a chocar con los poderes locales que le dieron nacimiento (principalmente el de Buenos Aires), los cuales llegado el momento, se negaron a desaparecer y dejar todas las decisiones en manos de un poder central.
Este es un error que, según el jurista tucumano, se debe rectificar si se desea que la nueva organización nacional subsista. Para ello es necesario que las provincias constituyentes conserven parte del poder político, precisamente la cuota de poder que no delegan a la autoridad central. Es el nacimiento de una Unidad Federativa.

Cuarenta años ha pasado este país sin poderse constituir, pues no ha sabido darse la constitución de que es muy susceptible. 
Antes de la revolución de 1810, los gobiernos provinciales eran derivación del gobierno central o unitario, que existió en el antiguo régimen. 
Pero la revolución de Mayo, negando la legitimidad del gobierno central español existente en Buenos Aires, y apelando al pueblo de las Provincias para la formación del poder patrio, creó un estado de cosas que con los años ha prescripto cierta legitimidad: creó el régimen provincial o local. 

Este resultado debe ser el punto de partida para la constitución del poder general. Tenemos, según él, que sólo hay gobiernos provinciales en la República Argentina, cuya existencia es un hecho tan evidente, como es evidente el hecho de que no hay gobierno general. 
Para crear el gobierno general, que no existe, se ha de partir de los gobiernos provinciales existentes. Son éstos los que han de dar a luz al otro. 

Los gobiernos provinciales existentes han de ser los agentes naturales de la creación del nuevo gobierno general. Pero ¿hay en este mundo gobierno chico o grande que se abdique a sí mismo hasta desaparecer enteramente? Esperar eso es desconocer la naturaleza del hombre. 

Los gobiernos provinciales no contribuirán a la creación del gobierno general, sino a condición de continuar ellos existiendo, con más o menos disminución de facultades. Por gobiernos no entiendo personas

El gobierno de Buenos Aires conoció esta verdad en la tentativa de organización de 1825. Él hizo entonces lo que hoy hace el general Urquiza; se dirigió a los gobiernos provinciales, convocándolos a la promoción de un gobierno general. 
Bernardino Rivadavia impulsor de la Constitución Unitaria
Monumento obra de Pietro Costa. Ciudad de La Plata
Un Congreso General Constituyente se instaló en Buenos Aires por resultado de los trabajos oficiales de los gobiernos de provincia. El Congreso, apenas instalado, expidió una ley fundamental el 23 de Enero de 1825, declarando (art. 3.º) que «por ahora y hasta la promulgación de la constitución que ha de organizar al Estado, las Provincias se regirán interinamente por sus propias instituciones». 
El general Las Heras, Gobernador de Buenos Aires entonces, al circular esa ley en las Provincias, declaró (en nota de 28 de Enero de 1825) que el Congreso se había salvado por aquella declaración, que resolvía al mismo tiempo el problema del establecimiento de un poder ejecutivo y de un tesoro nacional. 
En efecto, mientras las Provincias conservaron sus gobiernos e instituciones propias, existió el Congreso y un poder ejecutivo nacional. Pero desde que el fatal por ahora, señalado a la existencia de los gobiernos locales en la ley citada, cesó en presencia de la Constitución dada el 24 de Diciembre de 1826, que consolidaba los catorce gobiernos de la República Argentina en un sólo, tanto el Congreso como la Presidencia no tardaron en desaparecer

Si el mantenimiento de los gobiernos provinciales, en vez de ser provisorio, hubiese sido consignado definitivamente en la Constitución, las cosas hubieran tenido probablemente otro resultado. 
Se puso la estrategia y la habilidad de manejos al servicio de la hermosa y honrada teoría de la unidad nacional indivisible; pero nada fue capaz de adormecer el instinto de la propia conservación de los gobiernos provinciales. El gobierno general les prometió vida y subsistencia mientras trabajaban en crearlo; pero, cuando ya formado quiso absorberse a sus autores, éstos se lo absorbieron a él primero. Los hechos, pues, legítimos o no, agradables o desagradables, con el poder que les es inherente, nos conducen a emplear los gobiernos de provincia existentes como agentes inevitables para la creación del nuevo gobierno general; y para que ellos se presten a la ejecución de esa obra primeramente, y después a su conservación, será indispensable que la vida del gobierno general se combine y armonice con la existencia de los gobiernos locales, según la fórmula de fusión que hemos indicado más arriba. Por ese régimen de transición, obra de la necesidad como son todas las buenas constituciones, se irá mediante los años a la consolidación, por hoy precocísima, del gobierno nacional argentino. Eso es proceder como debe procederse en cosas de Estado. Una constitución no es inspiración de artista, no es producto del entusiasmo; es obra de la reflexión fría, del cálculo y del examen aplicado al estudio de los hechos reales y de los medios posibles. 
¿Se cree que la Constitución de Estados Unidos, tan ponderada y tan digna de serlo, haya sido en su origen otra cosa que un expediente de la necesidad? 
«No podría negarse que hubiesen sido justos y fundados muchos de los ataques que se hicieron a la Constitución, dice Story. La Constitución era una obra humana, el resultado de transacciones en que las consecuencias lógicas de la teoría habían debido sacrificarse a los intereses y a las preocupaciones de algunos Estados». 

J. B. Alberdi, "Bases y Puntos de Partida para la organización política de la República Argentina", 
Cap. XXVII, (Año 1852)

jueves, 14 de junio de 2012

Nietzsche: Los ídolos, el Estado y el Comunismo

El ocaso de los ídolos
 o como se filosofa a martillazos (1889)
"En el mundo hay más ídolos que realidades." Con esta frase, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844 - 1900) comenzaba a "someter a examen profundo a los ídolos". Se proponía cuestionar a aquellos ideales que por más de treinta siglos habían servido de guía al devenir de la humanidad; "hacer preguntas con el martillo y oír, como respuesta, ese conocido sonido a hueco que revela unas entrañas llena de aire". 
El ocaso de los ídolos es el título del ensayo en dónde el mostachudo de Röcken, vuelve a arremeter con su concepto de "Dios ha muerto", dejando entrever que la humanidad ha comenzado a quedar huérfana de principios organizadores.

Para Nietzsche, los principios morales de las religiones, especialmente la cristiana, y las ideas del bien y del mal, enunciada por los filósofos a partir de la antigüedad, poco tienen que ver con la realidad de la vida, a la que Nietzsche interpreta como "voluntad de poder". De esta manera, el alemán pone en tela de juicio la autoridad moral de aquellos pensadores, a quienes la humanidad ha erigido como la voz de la sabiduría, los cuales a partir de Platón han intentado dar una explicación del mundo basada en abstracciones de la realidad, derivada de visiones distorsionadas, subjetivas y sintomáticas. Para Nietzsche, "el moralismo de los filósofos griegos que aparece a partir de Platón está condicionado patológicamente". Acusa al ateniense de utilizar "momias conceptuales" en tanto que forzar la realidad para adaptarla a su particular sistema de conceptos abstractos. En algún punto, tales abstracciones constituyen aquellos ídolos vacíos, en los cuales ha descansado la vida de la humanidad desde entonces. O mejor dicho, las masas han referido todo sus accionar debido a la autoridad moral que previamente le han delegado, dejando que aquellas creencias influyan o dirijan los actos más relevantes.
Para Nietzsche, tanto la doctrina cristiana como la filosofía platónica, constituyen una "moral contranaturaleza" la cual pone énfasis en una vida ideal, en el "mas allá" despreciando toda vivencia instintiva y por lo tanto terrena. Se trata del triunfo de la "decadencia", el cristianismo como religión de las clases más bajas de una sociedad, y el platonismo como manifestación de una civilización, la griega, que comenzaba a perder todo su esplendor vital.


Friedrich Nietzsche en sus últimos años
La inevitabilidad de ser libre, tal es el problema que la corriente filosófica del existencialismo ha planteado, y que pone a millones de personas en la disyuntiva de elegir, de ser. La vida consagrada a Dios, característica de la Edad Media, ha desaparecido desde el momento mismo en que el hombre del Renacimiento se permitió dudar de aquella autoridad, y ha puesto a la humanidad a la cabeza de su propio destino. "¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado!".
La modernidad en el siglo XVII es la etapa de la historia en dónde se desplaza el centro de la existencia desde Dios hasta el hombre mismo. Ya no se deposita toda la fe en Dios, y como diría el filósofo Immanuel Kant "la ilustración significa la salida del hombre de su minoría de edad". Minoría de edad entendida como "la incapacidad de servirse del propio entendimiento".
Pues bien, el hombre mismo es el que ha decidido hacerse cargo de su devenir, ahora ya, sin el auxilio de  sus supersticiones. La humanidad queda desamparada y sin la protección de su anterior objeto de veneración, debiendo encontrar nuevos ídolos que guíen su existencia. El hombre vuelve a ser, como diría el sofista griego Protágoras "la medida de todas las cosas".
Ortega y Gasset nos indica en su ensayo "La Rebelión de las Masas" que el mundo como circunstancia "en vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias, y, consecuentemente, nos fuerza... a elegir. Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo". Esto es una difícil tarea, y no es ocupación de las mayorías decidir acerca de su destino. Por esta razón, en épocas en dónde las muchedumbres han obtenido los derechos políticos derivados de las nociones de igualdad y libertad, las masas delegarán su fe en el nuevo ídolo: El Estado Moderno. Cualquier pretexto es válido para dar vida al gran monstruo: la pertenencia a una clase social, a una raza superior...

La Aparición del Nuevo ídolo

He aquí el nuevo ídolo: El Estado; "lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a si mismos. Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis" En la época de la unificación alemana, y la aparición de los nacionalismos en Europa, es el Estado quien viene a ocupar el lugar que otrora tenía la religión. Las masas esperan todo de él, y como "corderos de rebaño" siguen a su representante, un Musolini, un Hitler. "Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos servidores del ídolo". Las masas, siempre tendientes a ser conducidas se dejarán seducir esta vez por el Estado fuerte, el Estado interventor. El estado, aquel instrumento creado para mejorar la vida del hombre, toma fuerza y pone al hombre al servicio del Estado, invirtiendo el individualismo que lo generó por una especie de colectivismo.

El tercer Reich apoyado por la  mayoría de la población, utilizó al individuo como una herramienta del Estado


 
Nietzsche es crítico de la alemania del Reich, el cual es la representación del estado fuerte. Así podemos verlo lamentarse de la creciente pérdida de la personalidad; "En el extranjero me suelen preguntar si en Alemania hay filósofos, poetas y buenos libros germanos. Yo me sonrojo y contesto: ¡Sí, Bismarck!." El Estado comienza a impartir educación teniendo como objetivo su propia funcionalidad; "se ha olvidado que el fin es la educación, la formación, y no el Reich". Se convierte finalmente a la educación, en  una de las herramientas principales de la que se valen los estados para subsistir y ampliar la esfera de dominio sobre la población: "lo que realmente consiguen las escuelas superiores de Alemania es un adiestramiento brutal para hacer utilizable, aprovechable, a un gran número e jóvenes."

Nietzsche y el Comunismo

Así como fue crítico del cristianismo, en tanto moral proveniente de los estratos bajos y por lo tanto nacida desde un lugar de resentimiento hacia la vida, Nietzsche, lo fue también de toda moral moderna en tanto pretendiente de una nivelación social. Así la revolución francesa, y más aún los movimientos socialistas y anarquistas son vistos con gran desprecio bajo la óptica de su pensamiento. En este respecto es interesante transcribir algunos párrafos en dónde el agudo bigotón, intenta poner al descubierto el error psicológico; la genealogía más profunda de la moral socialista;

Cuando el anarquista, como portavoz de las capas sociales decadentes,  reclama con hermosa indignación «derechos», «justicia» e «igualdad de derechos», habla sólo bajo el peso de su propia incultura que le impide saber por qué sufre realmente, de qué es pobre: es decir, de vida. Su instinto dominante es el de causalidad: alguien tiene que tener la culpa de que él esté tan mal... Por otra parte, su «hermosa indignación» le hace bien por sí sola; cualquier pobre diablo siente placer injuriando, porque esto le produce una pequeña borrachera de poder. La simple queja, el mero hecho de quejarse, puede darle un encanto a la vida y hacerla soportable.

Lenin y Trotsky. La Revolución Rusa finalmente se produjo en 1917 instaurando el primer régimen comunista




    
En toda queja hay una pequeña dosis de venganza: a quienes son de otro modo se les reprocha, como una injusticia, como un privilegio ilegítimo, el malestar e incluso la mala condición de quien se lamenta. «Si yo pertenezco a la canalla y soy un canalla, tú deberías pertenecer a ella y serlo también»: con esta lógica se hace la revolución.
El quejarse no sirve absolutamente para nada: es algo que procede de la debilidad. No hay una gran diferencia entre atribuir nuestro malestar a otros como hace el socialista, o atribuírnoslo a nosotros  mismos, como hace el cristiano. 
Pero incluso cuando el cristiano condena, calumnia y ensucia el «mundo», lo hace movido por el mismo instinto que impulsa al obrero socialista a condenar, calumniar y ensuciar la  sociedad.  El propio «juicio final» es, igualmente, el dulce consuelo de la venganza, la revolución que también espera el obrero socialista, sólo que concebida como algo más lejano.