jueves, 14 de junio de 2012

Nietzsche: Los ídolos, el Estado y el Comunismo

El ocaso de los ídolos
 o como se filosofa a martillazos (1889)
"En el mundo hay más ídolos que realidades." Con esta frase, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844 - 1900) comenzaba a "someter a examen profundo a los ídolos". Se proponía cuestionar a aquellos ideales que por más de treinta siglos habían servido de guía al devenir de la humanidad; "hacer preguntas con el martillo y oír, como respuesta, ese conocido sonido a hueco que revela unas entrañas llena de aire". 
El ocaso de los ídolos es el título del ensayo en dónde el mostachudo de Röcken, vuelve a arremeter con su concepto de "Dios ha muerto", dejando entrever que la humanidad ha comenzado a quedar huérfana de principios organizadores.

Para Nietzsche, los principios morales de las religiones, especialmente la cristiana, y las ideas del bien y del mal, enunciada por los filósofos a partir de la antigüedad, poco tienen que ver con la realidad de la vida, a la que Nietzsche interpreta como "voluntad de poder". De esta manera, el alemán pone en tela de juicio la autoridad moral de aquellos pensadores, a quienes la humanidad ha erigido como la voz de la sabiduría, los cuales a partir de Platón han intentado dar una explicación del mundo basada en abstracciones de la realidad, derivada de visiones distorsionadas, subjetivas y sintomáticas. Para Nietzsche, "el moralismo de los filósofos griegos que aparece a partir de Platón está condicionado patológicamente". Acusa al ateniense de utilizar "momias conceptuales" en tanto que forzar la realidad para adaptarla a su particular sistema de conceptos abstractos. En algún punto, tales abstracciones constituyen aquellos ídolos vacíos, en los cuales ha descansado la vida de la humanidad desde entonces. O mejor dicho, las masas han referido todo sus accionar debido a la autoridad moral que previamente le han delegado, dejando que aquellas creencias influyan o dirijan los actos más relevantes.
Para Nietzsche, tanto la doctrina cristiana como la filosofía platónica, constituyen una "moral contranaturaleza" la cual pone énfasis en una vida ideal, en el "mas allá" despreciando toda vivencia instintiva y por lo tanto terrena. Se trata del triunfo de la "decadencia", el cristianismo como religión de las clases más bajas de una sociedad, y el platonismo como manifestación de una civilización, la griega, que comenzaba a perder todo su esplendor vital.


Friedrich Nietzsche en sus últimos años
La inevitabilidad de ser libre, tal es el problema que la corriente filosófica del existencialismo ha planteado, y que pone a millones de personas en la disyuntiva de elegir, de ser. La vida consagrada a Dios, característica de la Edad Media, ha desaparecido desde el momento mismo en que el hombre del Renacimiento se permitió dudar de aquella autoridad, y ha puesto a la humanidad a la cabeza de su propio destino. "¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado!".
La modernidad en el siglo XVII es la etapa de la historia en dónde se desplaza el centro de la existencia desde Dios hasta el hombre mismo. Ya no se deposita toda la fe en Dios, y como diría el filósofo Immanuel Kant "la ilustración significa la salida del hombre de su minoría de edad". Minoría de edad entendida como "la incapacidad de servirse del propio entendimiento".
Pues bien, el hombre mismo es el que ha decidido hacerse cargo de su devenir, ahora ya, sin el auxilio de  sus supersticiones. La humanidad queda desamparada y sin la protección de su anterior objeto de veneración, debiendo encontrar nuevos ídolos que guíen su existencia. El hombre vuelve a ser, como diría el sofista griego Protágoras "la medida de todas las cosas".
Ortega y Gasset nos indica en su ensayo "La Rebelión de las Masas" que el mundo como circunstancia "en vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias, y, consecuentemente, nos fuerza... a elegir. Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo". Esto es una difícil tarea, y no es ocupación de las mayorías decidir acerca de su destino. Por esta razón, en épocas en dónde las muchedumbres han obtenido los derechos políticos derivados de las nociones de igualdad y libertad, las masas delegarán su fe en el nuevo ídolo: El Estado Moderno. Cualquier pretexto es válido para dar vida al gran monstruo: la pertenencia a una clase social, a una raza superior...

La Aparición del Nuevo ídolo

He aquí el nuevo ídolo: El Estado; "lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a si mismos. Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis" En la época de la unificación alemana, y la aparición de los nacionalismos en Europa, es el Estado quien viene a ocupar el lugar que otrora tenía la religión. Las masas esperan todo de él, y como "corderos de rebaño" siguen a su representante, un Musolini, un Hitler. "Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos servidores del ídolo". Las masas, siempre tendientes a ser conducidas se dejarán seducir esta vez por el Estado fuerte, el Estado interventor. El estado, aquel instrumento creado para mejorar la vida del hombre, toma fuerza y pone al hombre al servicio del Estado, invirtiendo el individualismo que lo generó por una especie de colectivismo.

El tercer Reich apoyado por la  mayoría de la población, utilizó al individuo como una herramienta del Estado


 
Nietzsche es crítico de la alemania del Reich, el cual es la representación del estado fuerte. Así podemos verlo lamentarse de la creciente pérdida de la personalidad; "En el extranjero me suelen preguntar si en Alemania hay filósofos, poetas y buenos libros germanos. Yo me sonrojo y contesto: ¡Sí, Bismarck!." El Estado comienza a impartir educación teniendo como objetivo su propia funcionalidad; "se ha olvidado que el fin es la educación, la formación, y no el Reich". Se convierte finalmente a la educación, en  una de las herramientas principales de la que se valen los estados para subsistir y ampliar la esfera de dominio sobre la población: "lo que realmente consiguen las escuelas superiores de Alemania es un adiestramiento brutal para hacer utilizable, aprovechable, a un gran número e jóvenes."

Nietzsche y el Comunismo

Así como fue crítico del cristianismo, en tanto moral proveniente de los estratos bajos y por lo tanto nacida desde un lugar de resentimiento hacia la vida, Nietzsche, lo fue también de toda moral moderna en tanto pretendiente de una nivelación social. Así la revolución francesa, y más aún los movimientos socialistas y anarquistas son vistos con gran desprecio bajo la óptica de su pensamiento. En este respecto es interesante transcribir algunos párrafos en dónde el agudo bigotón, intenta poner al descubierto el error psicológico; la genealogía más profunda de la moral socialista;

Cuando el anarquista, como portavoz de las capas sociales decadentes,  reclama con hermosa indignación «derechos», «justicia» e «igualdad de derechos», habla sólo bajo el peso de su propia incultura que le impide saber por qué sufre realmente, de qué es pobre: es decir, de vida. Su instinto dominante es el de causalidad: alguien tiene que tener la culpa de que él esté tan mal... Por otra parte, su «hermosa indignación» le hace bien por sí sola; cualquier pobre diablo siente placer injuriando, porque esto le produce una pequeña borrachera de poder. La simple queja, el mero hecho de quejarse, puede darle un encanto a la vida y hacerla soportable.

Lenin y Trotsky. La Revolución Rusa finalmente se produjo en 1917 instaurando el primer régimen comunista




    
En toda queja hay una pequeña dosis de venganza: a quienes son de otro modo se les reprocha, como una injusticia, como un privilegio ilegítimo, el malestar e incluso la mala condición de quien se lamenta. «Si yo pertenezco a la canalla y soy un canalla, tú deberías pertenecer a ella y serlo también»: con esta lógica se hace la revolución.
El quejarse no sirve absolutamente para nada: es algo que procede de la debilidad. No hay una gran diferencia entre atribuir nuestro malestar a otros como hace el socialista, o atribuírnoslo a nosotros  mismos, como hace el cristiano. 
Pero incluso cuando el cristiano condena, calumnia y ensucia el «mundo», lo hace movido por el mismo instinto que impulsa al obrero socialista a condenar, calumniar y ensuciar la  sociedad.  El propio «juicio final» es, igualmente, el dulce consuelo de la venganza, la revolución que también espera el obrero socialista, sólo que concebida como algo más lejano. 


3 comentarios:

  1. Es ridículo tener ídolos, a menos que uno carezca de educación, raciocinio y sentido común. Confieso que nunca había leído a Nietzsche, gracias a este blog me desayuno de sus pensamientos, mérito del blog! pero no creo que me atrape el alemán (se parece a Aníbal Fernández) en cambio Ortega..!

    Saludos!

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    1. Lamentablemente estamos sufriendo los efectos de la adoración a ciertos ídolos por parte de la gente sin raciocinio. Es la mayoría de la población que piensa que el estado tiene que solucionarles todo y hacerse cargo de todos los aspectos de la vida...
      Leer a Nietzsche es un placer, es muy pasional y no se puede estar de acuerdo con todo lo que dice, pero sin duda que tiene apreciaciones muy agudas e interesantes...
      Tiene un aire a Anibal, la diferencia está en la cuenta bancaria...
      Saludos!!!

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  2. nietzsche es la mente más lúcida de quien ya se tuvo noticias un día.

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